Campo chico

Alberto Pérez de Vargas

Santos y difuntos

Masacraron en Cabra, en los alrededores de un mercado, a la población civil, produciendo 109 víctimas

Uno tiene la impresión, leyendo los periódicos, de que estamos gobernados por farsantes, falsos predicadores e ignorantes titulados y no titulados, tramposos, resentidos y cobardes. Merecedores de cualquiera de esos calificativos que adornan el perfil de los maleantes de medio pelo. Entre santos y difuntos, vela una tropa de prevaricadores y chantajistas, beneficiándose de una sociedad aletargada que prefiere el sálvese quien pueda a cualquier otra alternativa. En un ambiente así no puede crecer más que el voto al que diga: vamos a por ellos. Qué podemos esperar de un Gobierno que mantiene en vanguardia a una vicepresidenta sectaria, que con sus infinitas carencias, puede estar haciendo el ridículo décadas enteras sin que pase nada.

No he podido evitar; viendo actuar a la tal señora, en pinta y ejecutoria, ante el cardenal que desempeña la función de primer ministro, el secretario de Estado del Vaticano; acordarme de todos los santos y difuntos que produjo el desgobierno de la Segunda República, en los años treinta; particularmente en su pueblo, en Cabra, donde hace casi exactamente ochenta años (los hará el día 7), la aviación republicana, armada con bombarderos soviéticos y tripulada por pilotos españoles, dejó al bombardeo de año y medio antes en Guernica, en un puro antecedente. Masacraron, a primera hora de la mañana, en los alrededores de un mercado, a la población civil, produciendo 109 víctimas mortales, poco menos que las que lo fueron (126) en Guernica.

Este verano he leído los Recuerdos de Juventud del cardenal Tarancón, que tanta lata dio en La Transición –¡Tarancón al paredón!, decían los inmovilistas– , empeñado en que España recuperara las libertades democráticas, que él vio deshonrar en tiempos de la República, cuando, en su tierra valenciana, sufrió los asesinatos masivos e impunes de curas y seglares por el hecho de ser creyentes y de negarse a abjurar de su fe católica. Ni las persecuciones del imperio romano contra los cristianos produjeron tantos santos y fieles difuntos. Para que vengan ahora a cantarnos milongas con el halloween.

El día de Tosantos recogí en una iglesia, al salir de misa, una estampita que difunde la Asociación Católica de Propagandistas, para animar el proceso de santificación del ya beato, Luis Belda, un joven abogado del Estado, mallorquín, padre de familia numerosa, que fue ametrallado por unos cuantos defensores de los valores republicanos, en la playa almeriense de La Garrofa, por atreverse a ser católico.

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