Postrimerías

Rodeados

Puede llegar el día en que la paranoia frentista, tan entretenida, no se mida sólo en porcentajes de votos

Habitualmente reiterada por los cronistas que cubren las jornadas electorales, la expresión normalidad democrática llegó a resultar cómica cuando salvo por la odiosa persistencia del terrorismo, cuyos herederos políticos se cuentan entre los que denuncian ahora la supuesta anomalía de nuestro estado de derecho, todo transcurría de forma previsible, como destacaba el obligado suelto en el que el periodista de guardia recogía las anécdotas del día, señores que aparecían disfrazados, papeletas robadas o votos nulos con mensaje, el pequeño pueblo que cerraba pronto la única urna para seguir el recuento desde el bar o el casino. Después de tantos años sin elecciones libres, los españoles parecíamos sorprendidos y a la vez felices de participar por fin del tedioso ritual con el que las democracias renuevan a sus representantes políticos. No sabíamos todavía que seguíamos viviendo en un régimen franquista, perpetuado con otro nombre, ni que los abominables rojos podían volver de un momento a otro para convertir el desprevenido reino en una república soviética. Fueron décadas sin épica, en las que no sufríamos como ahora la doble amenaza del fascismo y el comunismo, que como en los buenos tiempos de la Guerra Civil viene a sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Quizá los políticos de entonces no estaban a la altura, y por eso mentían o no se daban cuenta. La nueva generación, sin embargo, mucho más decidida, ha sacudido al país de su letargo y gracias a su mezcla de arrojo y clarividencia hemos descubierto que vivimos al borde mismo de la pesadilla totalitaria, rodeados de escuadristas y bolcheviques, de nostálgicos del fascio y partidarios de las checas. Tiene su mérito, porque no es fácil verlos cuando sale uno a dar un paseo o se cita con los amigos, que ignorantes del peligro comentan la actualidad para echar unas risas, pero sin duda están ahí, agazapados, de otro modo no proliferarían las alarmas que nos previenen contra el desastre. Ya los independentistas, gente sensible, habían denunciado que España es un Estado fallido e inequívocamente autoritario, de modo que la aparente normalidad era en realidad un espejismo. La batalla de Madrid ha acabado de revelar la gravedad del momento que atravesamos, asediados por el neofascismo o la horda liberticida. Podemos pensar que los discursos inflamados con los que unos y otros apelan a la resistencia no son más que retórica barata, pero hablamos de oradores a los que siguen no pocos ciudadanos que parece que se han creído el cuento. Lo malo es que como en las profecías autocumplidas puede llegar el día en que la paranoia frentista, tan entretenida, no se mida sólo en porcentajes de voto.

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