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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

¡Quiero a Greta en mi equipo!

Entre la denuncia profética y el 'talent show' se desarrolló la histriónica y sobreactuada intervención de Greta

Greta Thunberg fue tan histriónica y sobreactuó tanto que poco hay que decir: se retrató -y con ella la estupidez global- en su intervención. Sólo quiero llamar la atención sobre la orfandad del universo arreligioso, que le obliga a crear su propia historia sagrada y su santoral. Esta versión sueca del repelente niño Vicente aunó el trueno profético de Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel con el motivo de Jesús niño (Greta) aleccionando en el Templo (la ONU) a los doctores de la Ley (los mandatarios). También tuvo algo de Santa Juana de Arco ecologista enfrentándose al obispo Cauchon capitalista. Los mandatarios tuvieron que tragarse el sobreactuado sermón de la niña poniendo esa cara de asombro ante el genio precoz que se les ponía a los extras que fingían un pasmo exagerado ante las gracias canoras de Joselito o Marisol. Porque el show tuvo algo de apocalíptico ("estamos al inicio de una extinción masiva", "nunca os perdonaremos") pero también de confesión desgarrada de reality ("habéis robado mis sueños y mi infancia") y de talent show. No hubiera extrañado que los mandatarios la oyeran de espaldas para después pulsar el botón y que sus butacas se volvieran hacia ella, todos ansiosos por tenerla en su equipo.

Ridículas sobreactuaciones aparte, tras la cuestión del cambio climático hay un grave y serio problema real que debe abordarse con idéntica gravedad y seriedad, no con sobreactuaciones ridículas, ni con exageraciones como las de algunos grupos radicales ecologistas, ni con el cinismo y la hipocresía de quienes fingen estar preocupados y hacer algo -porque viste de progresista y da votos- cuando en realidad les importa un pimiento y no hacen nada, y mucho menos con la barbarie de quienes lo ignoran.

Cuando llega la hora de repartir responsabilidades apenas se recuerda que el origen del calentamiento global está en la revolución industrial y el de esta "en las relaciones entre la obtención de beneficios y las innovaciones tecnológicas" (Hobsbawm). La ciencia ha tenido siempre, amparándose en la neutralidad y objetividad de sus saberes, una extraordinaria habilidad para ponerse de perfil cuando sus talentos provocan catástrofes. La culpa, entonces, es de la rapacidad y ambición de los políticos o los empresarios que mal utilizan sus descubrimientos e innovaciones. La ciencia es pura, aunque se ponga al servicio del más explotador capitalismo o las más atroces dictaduras.

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