Obituario

José Ignacio Landaluce

Alcalde de Algeciras

Profesor del Castillo: Sit tibi terra levis

Varias generaciones podrán contar a sus hijos y a sus nietos que un día estuvieron en un aula aprendiendo de una persona cuyo carisma ya te envolvía desde las primeras frases

José Ignacio Landaluce saluda a Luis Alberto del Castillo hace unas semanas.

José Ignacio Landaluce saluda a Luis Alberto del Castillo hace unas semanas. / E.S.

Las esencias, dicen, vienen en frascos pequeños. Hace poco, demasiado poco tiempo que te has ido y todavía estoy en esa fase en la que no puedo hacerme a la idea de que no voy a volver a cruzarme contigo. No volveré a verte discutir defendiendo tus ideales con cualquiera que se atreviese a cuestionarlos. Por supuesto siempre desde el conocimiento y desde la sabiduría que te dio tu formación académica y la experiencia acumulada entre libros de texto y de poesía, a la que dedicaste buena parte de tu extensa producción literaria.         

Le escribiste a la historia, le escribiste a la vida, y le escribiste al amor. Tu huella, indeleble como algún día te describió otro algecireño, este de adopción, Domingo Faílde, permanecerá para siempre y lo hará en nuestro recuerdo; y lo hará en negro sobre blanco, entre las páginas de tus libros, a los que amabas por encima de casi todo. Tu nieta Julia aún es muy joven para comprender cuánto amor se esconde entre las líneas de ese Julia en agosto, pero algún día se acordará, como decía José Agustín Goytisolo en su poema Palabras para Julia (casualidad) de lo que un día escribiste pensando en ella y te aseguro que se sentirá muy orgullosa de su abuelo, que un día fue Cronista Oficial de Algeciras.

Hace apenas dos semanas estuve contigo, en tu casa. Tuve el inmenso honor de ponerte para tu último viaje, aunque entonces no lo sabía, la insignia de la ciudad que te vio nacer y que tuvo el orgullo de tener en ti a un digno sucesor en la estirpe de cronistas de los que en Algeciras han sido. No desmerezco a ninguno, sería injusto y atrevido por mi parte, pero tu huella pervivirá para siempre grabada, literalmente, en nuestro escudo. No vamos a permitir que haya necesidad de reconstruir Algeciras una tercera vez, y por tanto, lucirá para la eternidad, con orgullo, ese lema que lleva tu firma: Civitas Condita Ex Lethaeo Bis Restavrata.

Varias generaciones podrán contar a sus hijos y a sus nietos que un día estuvieron en un aula aprendiendo de una persona cuyo carisma ya te envolvía desde las primeras frases, desde las primeras miradas. Tarde o temprano pondrías tu mano sobre su brazo y ese gesto habría de convertirse en una especie de comunión que los que tuvimos la suerte de tratar contigo no podremos olvidar jamás.    

Si me ves, fíjate, escribiéndote como si dentro de un rato fuese a salir a la calle y cruzarme contigo, con tu paso pesado por la carga de los años pero con tu mente igual o mejor que cuando eras aquel niño que vivía entre su ansia de saber y los aromas de  confitería que permanecerán en los genes de quienes lleven ese apellido “Del Castillo”.

Todavía no me hago a la idea de que te has marchado. Me queda la satisfacción de haberme casi despedido después de que esa responsabilidad de la que siempre hiciste gala te llevase a renunciar al cargo que con tanto orgullo me consta ostentaste.

Tuvimos pensamientos muy diferentes pero eso, contigo, nunca fue un problema para que el respeto que nos tuvimos nos hiciera poder compartir buenos ratos enfrentando y debatiendo ideas a pesar de nuestras discrepancias.

Parte, amigo, y hazlo en paz, sabiendo que siempre te mantuviste firme en tus creencias. Solo para ti y solo por esta vez, por el profundo respeto que te tuve en vida y por la tristeza que me provoca tu partida, este será mi definitivo adiós: Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea leve.

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