Preokupados invisibles

No entiendo por qué alguien puede tirar una puerta de forma impune y hacerse con una casa ajena para su uso y disfrute

Que digo yo que todo el mundo tiene derecho a una vivienda. Absolutamente, así debe ser. Pero digo yo, también, que cualquiera debe tener derecho a que se respete la propiedad privada; bien sea heredada, adquirida con el sudor de su frente o porque te tocó La Primitiva. Lo que no llego a entender es por qué motivo son los ciudadanos de a pie los que tienen el deber de restaurar las desigualdades sociales con su patrimonio personal. Mucho menos llego a entender por qué alguien puede tirar una puerta de manera impune y hacerse con un inmueble ajeno para su uso y disfrute y sean sus propietarios los que deban litigar para recuperar su vivienda. Te cambian la cerradura y listo. O yo me he perdido algo o en este país de buenísimas personas, a más de uno se nos toma el pelo. Dudo que en otras democracias europeas exista un fenómeno similar.

Luego resulta que un policía nacional tiene que justificarse para dar una patada a una puerta y detener una fiesta ilegal en un piso en medio de una pandemia o grabar sus intervenciones para demostrar la legitimidad de sus actos. A este paso, pronto tendrán que preguntar al estilo Gila con teléfono en mano: "¿Oiga, el enemigo?".

Sin embargo, cualquiera puede hacer eso mismo y salir indemne. Dar una patada a la puerta, entrar en tu casa, con tus cosas allí, tirarlas, venderlas y quedarse y punto… Y aquí paz y mañana gloria. Yo me he perdido algo. En esto, empresas dedicadas a la seguridad privada en domicilios han visto un nuevo filón: el mercado del miedo. Es ese miedo justificado que tiene aquel que compró con sus ahorros una casita cerca del mar, para poder descansar después de una vida entera de trabajo, y que ahora teme encontrarla con nuevos moradores el día menos pensado...

Hace unos días un reportaje me llamó la atención. Un pueblo de la llamada España vaciada había sido tomado por un grupo de okupas que se habían okupado realmente de volver a levantar sus cimientos: cuatro piedras. Con su trabajo habían restaurado sus muros, sembrado sus huertos y rehabilitado sus rincones para convertirlo en un lugar habitable, de okupación constructiva. No, no eran pisitos en primera línea de playa, eran ruinas en medio del campo. Ruinas que necesitan muchas manos dispuestas a trabajar, a construir, a recuperar, a rehabilitar, a okuparse del pan nuestro de cada día...

Cada día nuestra sociedad se pierde en laberintos difíciles de entender. Laberintos de derechos y libertades en los que suele perder el ciudadano corriente, el invisible, el que pasa desapercibido y queda atrapado en ese limbo despreokupado y transparente a ojos de los más poderosos. Pero que levanta un país desde primeras horas de la mañana hasta la última de la noche sin hacer ruido y sin pisar lo ajeno. Pero esos no preokupan nada. Ora et labora.

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