Aunque suelo despertarme habitualmente a las siete y media de la mañana, cuando trabajo pongo el despertador por eso de que algún día se me pudieran pegar las sábanas. Eso sí, el despertador que uso tiene un sonido tan delicado que a muchos no le serviría. A mí, por ahora, me vale. Nada más abrir los ojos me entra por el cuerpo un gustoso gusanillo al saber que dispongo de un nuevo día y de salud suficiente para deshojarlo. En la cocina me preparo el desayuno mientras prendo la radio y cuando tengo la bandeja lista la apago, así que la oigo unos diez minutos más o menos. Cuando me siento en el salón delante del ventanal no necesito noticias ya que las de mayor alcance están justo afuera: en la belleza del jardín recién amanecido, en los cantores pájaros que hacen su parada de vuelo para beber o realizar su aseo rebozándose en la arena justo delante de mí… cosas serenas para ir adaptando los sentidos sin sobresaltos. Después, aseo y salida para pedir cita en el médico antes de comenzar la jornada laboral. Son las ocho y media.

Nada más poner el contacto del coche de hilo musical se escucha Radio Clásica. Sin prisa salgo del recinto. Asomo el morro del vehículo a una calle ancha y con buena visibilidad en la que transitan coches en ambos sentidos. Miro a mi izquierda, no viene nadie; miro a la derecha y viene un voluminoso coche blanco a una distancia lo suficientemente razonable como para emprender el giro a la izquierda e incorporarme. Lo que no tengo en cuenta es que el coche que diviso a lo lejos viene a una velocidad superior a la que esa carretera permite. Cuando he conseguido enfilar el carril escucho una monumental pitada y veo el mastodonte blanco pegado a mi trasero queriéndoseme echar encima. Menudo susto me dio el chillido de la bocina y la intimidación por la espalda. El cuerpo se me puso temblón mientras que por el espejo retrovisor veía cómo no dejaba de acosarme mientras podía intuir lo que iba diciendo. No aceleré y mi recorrido lo hice a la velocidad acostumbrada y permitida que al tempranero perturbador debía parecerle paso de tortuga. Cuando nuestros destinos se bifurcaron, con una mirada fulminante y con toda la mala leche acumulada por tan absurda chorrada, derrapando pareció emprender una huida dejándome atrás mientras recuperaba mi habitual estado de calma.

Precaución, amigo conductor, la senda del estrés es peligrosa.

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