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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Porno y juego

Cuarenta años después de su legalización por la democracia, porno y juego se han convertido en problemas de primer orden

Además del PCE, Suárez legalizó otras cosas menos honorables. Por ejemplo, la pornografía y el juego. Gracias a la primera, las calles de España se convirtieron, de la noche a la mañana, en escaparates calenturientos en la que los niños de la EGB aprendimos lo mucho de turbador y de promesa siempre defraudada que tiene el sexo. Hoy, en la época del consumo masivo de porno en internet, nos sería muy difícil digerir esos quioscos forrados de publicaciones como Lib, Climax, Play Boy, Penthouse, Private... con sus fotos de señoras que llevaban en la mirada todos los vicios de Babilonia. El juego, sin embargo, venía envuelto de un cierto glamour gracias a una geografía de nombres hermosos (Estoril, Montecarlo, Baden-Baden…) y una iconografía de esmóquines fatigados y alta coctelería. Sin embargo, toda esa supuesta elegancia crepuscular quedó reducida en España al fenómeno binguero y a casinos de nuevo cuño en la que los nuevos ricos y los miembros de la recién estrenada nomenclatura democrática llevaban a sus compañeras sentimentales (entonces llamadas queridas).

No deja de ser curioso que, cuarenta años después, estas dos novedades sociológicas, que bien podían parecer una fiebre infantil de las recién estrenadas libertades, se hayan convertido en dos problemas de primer orden. La proliferación en la red de la pornografía ha puesto al alcance de cualquiera todo tipo de usos y costumbres sexuales que no sabíamos ni que existían y ha llenado nuestro léxico de barbarismos de significado amenazante (bukaque, milf, BDSM…). Los secretos gabinetes de los erotómanos de antaño, hombres cultos y refinados en sus gustos, han sido sustituidos por una guarrería universal en la que, ahí coinciden católicos y feministas, la mujer queda reducida a un pingajo de carne. La Manada no ha sido una casualidad.

Respecto al juego, las noticias son inquietantes. Siempre existió, pero quedaba reducido a las catacumbas de la burguesía y clases propietarias, en las que las fincas desamortizadas cambiaban de mano con la rapidez del recién estrenado ferrocarril. La prohibición de Franco, como era de prever, no sirvió para nada y ahora, superadas las horteradas bingueras de la Transición, vemos con impotencia cómo la irrupción del juego en internet empieza a convertirse en un problema grave para la juventud, especialmente en los barrios más desfavorecidos. Del drogata desdentado y esquelético de la heroína vamos a pasar a un adicto obsesionado con el azar. Ambos, siempre dispuestos a lo que sea por lograr su ansiado chute.

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