Su propio afán

Placebo austriaco

La nueva derecha deja a la política europea la alternativa de gobernar o teniéndola en cuenta o en contra

Los suspiros de alivio por la victoria en Austria de Alexander van der Bellen, el candidato verde, se han oído de Algeciras a Estambul. No ganó la ultraderecha, que estuvo a un tris, o a un bis, porque hubo que repetir las elecciones. Parece, por cómo se celebra, que Europa se ha librado por los pelos de la peste parda para siempre. Pero tanta satisfacción responde a un análisis equivocado por exceso y por defecto.

Por exceso, porque ridiculiza sin mesura a la llamada ultraderecha o derecha alternativa, ya sea por una estrategia demonizadora, ya por la ceguera que producen los prejuicios. Pero no puede entenderse bien este fenómeno si uno lo analiza mediante insultos, caricaturas y eslóganes. Las propuestas de la nueva derecha son tan diferentes de un simple ejercicio de fanatismo xenófobo como el mismo Norbert Hofer (el atildado líder austriaco) de un skinhead. Mientras no se estudie a fondo qué dicen y cómo y por qué están llegando cada vez a más personas, no podrán neutralizar su mensaje. Es algo de primero de Sun Tzu: hay que empezar por comprender al rival, tomándoselo en serio.

Lo que nos lleva directamente al defecto. Hay una falta de sentido de la realidad que puede terminar costando muy cara a las fuerzas del progreso, como ya les ha costado en los Estados Unidos. La mayor prueba está en los mismos suspiros aliviados, como si se hubiese exorcizado el peligro del todo.

Tanto en Austria, como probablemente en Francia y tal vez en Holanda, aunque pierdan los partidos de la derecha alternativa, el equilibrio de fuerzas ya ha cambiado. No es lo mismo que todos los partidos del espectro compartan el consenso socialdemócrata, por mucho que se insulten en campaña, que la segunda fuerza política, un poco menos de la mitad de la población, se haya atrevido a salir del armario de lo políticamente correcto. Es una vuelta de calcetín y aboca a los gobernantes más socialdemócratas, a Van der Bellen, sin ir más lejos, a tener que optar entre una política que tenga en cuenta la mitad de la población que no le votó o que la tenga en contra.

En cualquiera de los dos casos, el centro de gravedad político gira hacia la derecha. En Francia es muy evidente. La presidencia se va a decidir, según todos los pronósticos, entre la ultraderecha de Marine Le Pen y un liberal-conservador de corte clásico como Fillon. Los suspiros de alivio progresistas pecan de prematuro optimismo.

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