En el campeonato del mundo de atletismo de 2013 celebrado en Moscú, la prueba de maratón se desarrolló en un circuito de 5 kms que partiendo de la Plaza Roja recorría el centro histórico de la ciudad. Aunque no recuerdo el resultado deportivo de la prueba, si tengo la vívida imagen de una colosal estatua (100 m. de altura) en el margen del río Moscova que las cámaras enfocaban a cada vuelta de los atletas.

El monumento es, al menos, tan extravagante como el personaje representado: el zar Pedro I el Grande. Cuando llegó al poder en 1689, Rusia vivía aletargada en la Edad Media. No había conocido el derecho romano ni tenía noticia del Renacimiento o la Reforma. Pedro I se empeñó en sacarla del atraso formando un grupo de unos 250 hombres que envió a Europa occidental para que aprendieran construcción naval y otras habilidades técnicas. El mismo zar se hizo pasar por uno de ellos y así vivió una temporada en Holanda haciéndose pasar por carpintero de ribera. También visitó eruditos y científicos.

Leeuvenhoek le permitió mirar por su recién inventado microscopio; fue espectador privilegiado en la sala de disección de Boerhaave; asistió a conferencias sobre ingeniería y mecánica y hasta aprendió a extraer las muelas, arte que practicó con sus subordinados. Envió a Rusia cargamentos enteros de los últimos instrumentos y herramientas y a oficiales, cocineros y médicos para formar a su gente. Pedro I se propuso modernizar Rusia y lo hizo de manera tan despótica como sería la posterior sovietización del país llevada a cabo por Lenin y Stalin. Obligó a los rusos a cortarse la barba, a usar el cuchillo y el tenedor y a vestir a la europea. Creó la Armada Imperial Rusa, su objetivo era abrir un acceso al mar, ya al Mar Negro -lo que implicaba guerra con los turcos-, ya al Báltico -lo que significaba la guerra con los suecos-. En la desembocadura del rio Nevá, levantó (con el trabajo de esclavos rusos y prisioneros suecos) la nueva capital imperial: San Petersburgo que en razón de sus numerosos canales se conoce como "la Venecia del Norte".

Pedro el Grande murió con 52 años odiado por todos. Fue extremadamente cruel y obstinado, en definitiva, un tirano que modernizó a su país por la fuerza. Vladimir Putin, actual presidente de Rusia, encuentra su inspiración en Pedro I, el líder al que más admira y cuya sagacidad y audacia imita a la hora de intentar expandir las fronteras rusas. Putin también busca la salida al mar ya sea a costa de Ucrania o de los países bálticos y actúa tan despóticamente como su apreciado zar. La única diferencia es que Pedro I quería occidentalizar Rusia y Putin aspira a sovietizar Europa.

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