La película coreana "Parásitos" ha sido sin duda el fenómeno cinematográfico del año. Además de haber acaparado la mayoría de premios de cine (cuatro Óscar y la Palma de oro de Cannes entre ellos) ha obtenido el casi unánime aval de la crítica que la considera una obra maestra. Aunque muchos la califiquen de "una descripción magnifica de la lucha de clases", debo confesarles no haber sido capaz de entender el planteamiento del director coreano. Tal como dijo Marx en el "Manifiesto Comunista" respecto de la lucha de clases, los "parásitos" son la aristocracia y la burguesía que supuestamente se nutren del esfuerzo y el sacrificio de los "huéspedes", esto es, de las clases bajas. Sin embargo, en la película el espectador tiene la impresión de que los ricos son personas ingenuas, gente inocente y bien intencionada (uno no se explica cómo han podido progresar en la vida) que comparte generosamente su riqueza con una clase pobre que ni siquiera llegan a la categoría de proletarios, más bien parecen unos pseudodelincuentes que no dudan en estafar y aprovecharse de los supuestos "explotadores". Los pobres son malvados porque tienen necesidad, esta parece ser la tesis del director que hace decir a la madre de la familia indigente: "Si yo tuviera esta casa también sería amable y educada". En cierta forma, el actual gobierno social-comunista español nos ve en un escenario similar al de "Parásitos", es decir como un país envilecido por la desigualdad, la precariedad y la pobreza extrema que ellos pretenden solucionar por el expeditivo método (de copyright argentino) de convertir toda necesidad en un derecho ("donde existe una necesidad nace un derecho" que decía la mítica Eva Perón). La renta mínima será esa suerte de bálsamo de Fierabrás que según nuestro fatuo vicepresidente restablecerá las injusticias y desequilibrios inherentes al capitalismo. Lástima que este suigéneris sistema redistributivo no haya funcionado en ningún país (de hecho, en 2016 los votantes suizos rechazaron en referéndum -76,9 % de noes- el derecho a percibir una renta básica de 2.260 € al mes con el único requisito de poseer la nacionalidad suiza). Es difícil concebir una sociedad en que el Estado no posea una red de ayuda de emergencia para aquellas personas que se encuentren en un estado objetivo de miseria, pero no parece recomendable que, al amparo de la solidaridad, los gobernantes hagan dependientes de sus subsidios a muchos ciudadanos que no dudarán en cambiar sus votos por prestaciones sociales sine díe. El problema es que pronto se acabarán los "ricos" de dónde pretenden obtener la financiación para esta renta mínima y será la clase media la que costee unos dispendios que finalmente acabarán con el tejido productivo e infantilizar a una población que, acostumbrada a tener cubiertas sin esfuerzo sus necesidades básicas se ajustará con precisión a la definición biológica de "parasito": organismo que vive a costa de otro debilitándolo… pero sin llegar a matarlo.

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