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Palabras tóxicas

El adversario político ya no es una persona de carne y hueso sino un monigote al que se ha despojado de toda humanidad

Carroña", "traidor", "felón", "fascista", "pedófilo", "feminicida", "amigo de los asesinos"… Son palabras que se oyen a menudo en el debate político, en algunos programas de humor, en los tuits, en las tertulias. También están empezando a oírse entre los mismos políticos o entre sus portavoces mediáticos. Y lo más extraño de todo -lo más peligroso de todo- es que nadie parece sorprenderse por esta escalada de insultos y exageraciones. Si el país de la Desmemoria Histórica -y he dicho bien, Desmemoria Histórica- conociera su pasado, sabría lo que ocurrió en los dos años fatídicos que van de 1934 a 1936. Por desgracia es una época poco conocida. Terrible error. Pues bien, si conociéramos los años que van del triunfo de las derechas en las elecciones republicanas del 34 al estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, veríamos cómo ese lenguaje ("carroña, hiena, felón, soviético, asesino, perro fascista") se va apoderando del lenguaje de los periódicos y del lenguaje del Congreso de los Diputados. Poco a poco, el adversario político deja de ser una persona de carne y hueso y se convierte en un monigote al que se ha despojado de toda humanidad. Lo que ocurrió a partir del verano de 1936, cuando las bestias fascistas y los milicianos anarquistas de dedicaban a cargarse a todo personaje molesto que se cruzara en su camino, se había estado incubando día a día a través del lenguaje que había invadido la política. Fue la misma estrategia que usaron los nazis en Alemania, los fascistas en Italia y los soviéticos en la URSS. El adversario era un parásito, un bacilo infeccioso, una cucaracha, un cerdo burgués. Y las consecuencias de estas palabras estaban muy claras: si alguien es una carroña, esa persona en realidad ya está muerta. O merece estarlo.

El programa de exterminio sistemático ya se ha introducido sibilinamente en el lenguaje de la calle. Luego bastará poner en marcha la maquinaria burocrática de los hechos, a través de la policía secreta, que lleva inexorablemente a la carroña hacia los campos de concentración.

Aunque parezca mentira, este lenguaje se está introduciendo entre nosotros. Lo repito: "carroña", "felón", "fascista", "pedófilo", "feminicida", "amigo de los asesinos"… De momento, todo es postureo y teatro malo, pero las palabras nunca son gratuitas. Ustedes mismos.

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