Campo chico

Alberto Pérez de Vargas

Los Ortega, pioneros del Mercado

Los Bandrés pusieron a disposición de José Ortega su experiencia y sus recursos contables. Pepe Ortega ha propuesto que a una de las puertas del mercado se le dé el nombre de su abuelo

La familia Ortega. La familia Ortega.

La familia Ortega.

A raíz de la mención que hice de los Ortega, en mi último “Campo Chico”, tuve la oportunidad de contactar con uno de sus descendientes más significativos, José Ortega Díaz. No es el único que conozco, ni mucho menos, de la veintena de nietos de José Ortega Trola, pero tuve con él una relación de amistad enriquecida por el discurrir de los días que siguieron a mi pregón de la Semana Santa de Algeciras, en 1985. La familia Ortega, que hemos de situar en la segunda y tercera generación, es para mí un referente de comportamiento social y empresarial. Durante muchos años y desde principios del pasado siglo, los Ortega fueron los asentadores de frutas y verduras para el mercado de Algeciras y sus alrededores; una mercalgeciras en potencia. Pero no se trata de hacer un panegírico de quienes crearon riqueza desde la nada, sino de significar su presencia activa, emprendedora, en nuestra ciudad cuando todo empezaba a ser en ella.

Me he servido de mi amigo Pepe Ortega para poder contar más de lo que ya sabía de esta ejemplar familia. En los años de mi pregón, la Semana Santa se nos moría, apenas mantenida por el trabajo intenso y el entusiasmo de unos cuantos paisanos y algunos curas, que como Cruceyra, Llanes y, desde luego, los salesianos, nadaban contra corriente en el empeño de preservar la tradiciones populares religiosas en nuestro entorno. Los vientos de la política en una democracia inmadura anidaban en personajes invadidos por un adanismo infantil, que veían en la religiosidad popular una suerte de manifestación caduca y pueril contraria al progreso. Ya no están todos los que sacaron a la sociedad algecireña de aquel bache; pero todavía Dios nos regala la posibilidad de contar con unos pocos que como Pepe Ortega ahí están, como si nada hubiera pasado.

El mercado de Algeciras. El mercado de Algeciras.

El mercado de Algeciras.

Las circunstancias me han aproximado también, hace unos cuantos años, a Javier Ortega García, que ya retirado de sus actividades profesionales, pero recordando sus habilidades, se ha propuesto sacar a la superficie valores y personas sin las que no se entendería nuestra identidad, y lo hace la mar de bien. La generosidad de Pepe y de Javier es una consecuencia elemental de la de sus padres, respectivamente Luis y Antonio, dos de los seis hijos que tuvieron los creadores de la saga, José y María, que así se llamaban; como los padres de Jesús de Nazaret, muy de actualidad en estos días. Él era de Algeciras, carpintero de obra (no podía ser de otro modo). Fue a trabajar a Ronda, precisamente en la construcción del Hotel Reina Victoria, hermano menor del Reina Cristina de Algeciras, ambos promovidos por The Algeciras and Gibraltar Railway Co. Ltd., la empresa británica que construyó el ferrocarril entre Algeciras y Bobadilla (Antequera). Entre 1890 y 1910, el ferrocarril y esos hoteles marcarían un hito en el desarrollo regional. La línea pasaría a ser propiedad, en 1913, de la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, integrada en 1941 en la recién creada Renfe.

José Ortega y María Puya se conocieron en Ronda y se casaron en Algeciras. La capacidad emprendedora de José se vio favorecida por su amistad con los Bandrés –los de la legendaria Fábrica de Harinas San Luis– otra de las familias que contribuyeron al desarrollo industrial de Andalucía. Su patriarca, Juan Antonio, sería en 1927, durante la dictadura de Primo de Rivera, alcalde de Algeciras.

Los Bandrés pusieron a disposición de José su experiencia y sus recursos contables y éste se convirtió en un gran empresario, primero invirtiendo y vendiendo terrenos y fincas y después como mayorista de frutas y verduras. José y María vivieron primero en las inmediaciones de la plazoleta de San Isidro y después adquirieron una vivienda en el número 2 de la plaza Palma, donde se instalaron definitivamente y en donde radicó durante muchos años el centro del negocio, con sus hijos ya integrados en la tarea.

Con los Ortega, padre e hijos, se inició la compra lejana y el transporte de productos del campo. Con instalaciones en la Fuentenueva y en el Hotel Garrido, y en la confluencia de la calle Sacramento con Castelar, José adquiriría finalmente El Aeroplano, de los Oriente, extendiendo considerablemente el negocio. También fue dueño del carismático Bar Central de la calle Convento. El ruidoso trasiego de los camiones, de las cargas y de las descargas que se producían en los días laborables, en la desembocadura de la calle Real en la plaza, conjugaba perfectamente –como ya escribí– con el griterío de los incontables nietos de La Chana, que eran los violines en el sonoro concierto de los amaneceres.

Un cuadro del Mercado de Algeciras. Un cuadro del Mercado de Algeciras.

Un cuadro del Mercado de Algeciras.

Algo extraordinario era observar un equipo –todos hermanos– que funcionaba como un reloj cuidado por el maestro Pavón. Juan y Francisco se ocupaban de las patatas y verduras en la plaza, Luis se encargaba de la maduración de plátanos y de la venta de frutas en la calle Sacramento (Rafael de Muro) y Antonio y Manolo eran los responsables de la logística. Se da la circunstancia de que no fueron ajenos al arte; Genoveva, la esposa de Juan, una encantadora mujer a la que recuerdo con mucho cariño, era una pintora de un gusto y técnica exquisitos. Es una pena que su obra haya quedado reducida al hábitat de su familia, y sus creaciones no puedan ser disfrutadas por sus paisanos, algunos de los cuales pudimos conocerlas.

Los Ortega y sus esposas eran habituales de Los Rosales, un bar legendario (perdóneseme la inmodestia) del que habrá que contar cosas. Por eso tuve el privilegio de conocerles en un ambiente grato y distendido. Yo era un niño, al nivel de sus hijos, y les veía reunirse y compartir un rato cuando al mediodía subían de la plaza para dirigirse a sus casas, y con sus esposas en la noche de los sábados, cuando aún los viernes no estaban incorporados al ocio del fin de semana.

Pepe Ortega ha propuesto que a la puerta del mercado, que apunta hacia la calle Real, se le dé el nombre de su abuelo: José Ortega Trola. Abundan las razones de tan acertadísima sugerencia. Estamos hablando de un pionero que hizo mercado mucho antes de que estuviera albergado por esa impresionante cúpula, icono indiscutible de la ciudad. Don José estuvo antes que nada y dio un paso gigantesco en la mercadotecnia hortofrutícola, construyendo una estrategia de abastecimiento claramente dirigida al progreso de la ciudad.

La otra puerta, la que apunta hacia la embocadura de la zona portuaria, recibiría –siguiendo la mencionada propuesta– el nombre del arquitecto diseñador del mercado. Se haría justicia denominándola puerta de Manuel Sánchez Arcas, pues si bien es en la fuerza estructural que imprime la ingeniería al proyecto, donde reside su singularidad, nada sería sin un diseño capaz de revestir de belleza y sencillez al prodigio técnico. Su colaboración con el ingeniero Torroja fue intensa. También trabajaron juntos en la construcción del Pabellón de Gobierno de la hoy Universidad Complutense y en la del Hospital Clínico Universitario San Carlos de la Ciudad Universitaria de Madrid. Y por iniciativa conjunta se creó el Instituto Técnico de la Construcción y Edificación, hoy rebautizado con el nombre de Torroja.

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