Al sur del sur

Javier Chaparro

jchaparro@grupojoly.com

Nuevas caras, viejos modelos

Ábalos perdió la oportunidad de entrevistarse con Franco y de dar ánimos a los dos agentes heridos esa mañana

La presencia de dos ministros esta semana en el Campo Gibraltar ha venido a demostrar que el Gobierno de Pedro Sánchez tiene a la comarca como punto de referencia de sus políticas. José Luis Ábalos y Fernando Grande-Marlaska han evidenciado su voluntad por querer resolver problemas acuciantes en materia de infraestructuras y de inmigración, aunque también han dejado ver dosis de bisoñez, bastante arrojo y algún que otro ramalazo de falta de tacto.

Que el titular de Fomento y número dos del PSOE no es un experto en mantener las formas quedó claro al visitar La Línea y no aprovechar su estancia para entrevistarse con el alcalde de la ciudad, Juan Franco, o de convocar a una reunión al conjunto de los regidores de la comarca, como sí hicieron en su momento García-Margallo y Dastis. Ábalos perdió también la oportunidad de demostrar que las instituciones están por encima de los colores partidistas y de que el Ejecutivo está abierto al diálogo, no solo con Podemos y con los independentistas catalanes y vascos, obligado por las circunstancias. Tampoco tuvieron tiempo el titular de Fomento y sus asesores para reunirse y dar ánimos personalmente a los dos guardias civiles linenses que esa misma mañana habían resultado heridos en un peligroso enfrentamiento con narcotraficantes.

El trato dispensando a los periodistas al día siguiente merece mención aparte: tras muchos minutos de espera, a prisa y corriendo, tan solo les concedió dos minutos y diez segundos. Y gracias a que el alcalde de Algeciras -a cada cual, lo suyo- le conminó a anunciar la licitación de las obras ferroviarias en el tramo entre Jimena y Castellar. Cuentan con cierta maldad y algo de bochorno que durante su visita a la torre de control de tráfico marítimo, alguien le tuvo que recordar al ministro de Fomento que el Puerto de Algeciras no solo es el más importante de España, sino de todo el Mediterráneo.

El jueves le tocó el turno al titular de Interior. Grande-Marlaska se puso en el molesto papel de un jefe de recursos humanos y mantuvo que la prioridad del Gobierno para hacer frente a la crisis migratoria no pasa por reforzar las plantillas de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, sino por una "coordinación efectiva" entre ambos cuerpos. Esta conclusión choca no solo con lo que denuncian los sindicatos policiales y las ONG, sino también los ayuntamientos y la Junta de Andalucía. ¿Sabe el ministro que en el Campo de Gibraltar faltan 260 policías y guardias civiles, según los datos expuestos por el PSOE en mayo? ¿Cuántos agentes han dejado de patrullar las calles en estos meses para dedicarse a trasladar a los migrantes a las dependencias policiales, tomarles declaración y llevarles bien al CIE o a un centro de acogida?

Pero el principal error del ministro fue tratar la gestión de la migración como un problema de seguridad, en vez de como una crisis humanitaria que no puede quedar en manos exclusivas de los ayuntamientos o de voluntarios con recursos limitados. ¿Preguntó Marlaska a los alcaldes de Tarifa y Barbate cuánto les cuesta mantener en condiciones de habitabilidad cada día los pabellones de deportes donde se alojan centenares de personas? ¿Qué es de los miles de extranjeros que quedan desamparados por no tener espacio en los albergues o que salen de los CIE pasados los 60 días de rigor? La nueva política no solo exige nuevas caras, sino también mejores formas y modelos.

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