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Estamos acostumbrados a la crítica en la barra del bar entre amigos

A veces cuesta leer los periódicos sin cierta incredulidad. Preferimos hacer aspavientos y no dar crédito a lo que pasa. Pensamos que es un hecho aislado y no el síntoma de una sociedad idiotizada en algunos aspectos. Si la cosa se pone más seria y no somos simples lectores de noticias sino alguien a quien se le puede imputar cierta responsabilidad, la lectura de los hechos se vuelve entonces aún más cobarde e interesada. La culpa siempre es del otro.

La sociedad como tal, clama poco, apenas reivindica aunque se queje mucho. No sabe cambiar las cosas ni está dispuesta a asumir el sacrificio que supone luchar por el cambio. Al que levanta la mano se le tacha de loco. Estamos acostumbrados a la crítica en la barra del bar entre amigos de la misma edad y cuerda. La conclusión es que todos, sin excepción, tenemos poco espíritu crítico y mucha necesidad de un pensamiento común que no cuestiona ni es cuestionado.

Que una niña de doce años muera de un coma etílico en un botellón es una barbaridad, pero, si tuviera catorce o dieciséis o dieciocho, seguiría siendo la misma barbaridad porque lo que es una completa degradación es el botellón. Hemos asumido que eso es lo que hay. Vemos a los jóvenes emborracharse de la peor manera y no tenemos otra alternativa que darle una explanada a la afueras de la ciudad con aseos para que sus vómitos y meados no nos estorben. El paisaje del día después de un botellón es el de un mundo degradado, sucio y triste. La iniciación a la bebida, al sexo, a la vida adulta, es algo mucho más grandioso.

También se repiten los episodios vandálicos a concejales con destrozo de coches, y pintadas insultantes a las puertas de sus casas. Aparece una foto en las noticias y poco más. Nadie dice nada. Pero amedrentar desde el anonimato a los que tienen que tomar decisiones es matonismo. No es una cuestión de ideología, ni de estar de acuerdo o no con el gobierno, es una cuestión de violencia sin apellidos. Es otra degradación.

La tercera noticia de la semana pasada que me ha dejado atónita ha sido la huelga de deberes escolares auspiciada por los padres para disfrutar más de los hijos. Cuando los padres son niños, podría titularse la noticia. No tienen autoridad ni quieren que tampoco la tengan sus profesores. Las cosas se cambian de otro modo.

Estos tres ejemplos configuran un retrato poco favorecido de nuestra sociedad. Preguntémonos por qué. Hagamos algo.

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