Disfrutando del paseo de la Alameda de Tarifa, diviso a lo lejos un grupo de música actuando sobre un escenario adosado a la estatua de Guzmán el Bueno. Supongo que, con motivo de la Velada del Carmen, el Ayuntamiento ha programado una actuación musical, así que me acerco y empiezo a distinguir a los componentes del grupo que, de forma genial, está interpretando La plaga, un viejo tema de rock español. Observo que no son precisamente niños y que difícilmente habrá alguno de ellos que no haya cumplido los setenta. Suenan tan bien que despiertan el entusiasmo en el numeroso público que se congrega alrededor del efímero entarimado y que, en su gran mayoría, es de edad tan provecta como la de los músicos. Llego a la primera fila (mi agudeza visual no es precisamente algo de lo que pueda presumir) y distingo al cantante: Manolo Ulloa con un sofisticado porte que me recuerda a Brian Ferry; Aurelio, tocado con una gorrilla de beisbol, puntea la guitarra solista; detrás Hipólito, hierático, maneja los teclados; Franco, al fondo, manipula las baquetas con una sorprendente agilidad, Chan pone el ritmo a las canciones con su bajo y Manolo Araujo resulta tan virtuoso con el saxo como con la guitarra rítmica… ¡coño, son Los Cisnes Azules! El mismo grupo que allá por los años setenta nos descubrió a muchos esa maravillosa música que es el rock. Han pasado 50 años y allí estaban, sobre el escenario e interpretando con la misma aptitud y talento los temas que nos emocionaron en las ferias y veladas de nuestra juventud. Suenan de lujo y no han perdido ni un ápice del oficio que adquirieron en sus innumerables actuaciones en verbenas y guateques. Parece como si el tiempo no hubiese pasado por ellos y, lo más curioso, tampoco por la prehistórica concurrencia que asiste extasiada a su actuación y que no dudan en contonear sus cuerpos ya sea al frenético ritmo deYellow river o con la languidez que requiere un tema romántico como Enamorada de un amigo mío. De alguna manera, la música de Los Cisnes Azules ejerce sobre los allí congregados el mismo efecto revitalizante que las enormes crisálidas extraterrestres sumergidas en la piscina de la casa vecina a la residencia de ancianos de la película Cocoon. Tras el apoteósico final de Mi gran noche -cantada a medias entre el grupo y el público- todo vuelve a la normalidad, fuera del escenario los músicos se convierten en venerables abuelos que cuidan de sus nietos y los asistentes recuperan casi por ensalmo sus artrosis, osteoporosis, urgencias prostáticas y demás achaques propios de la edad. En la mitología griega el cisne era un ave consagrada al dios de la música, Apolo, porque antes de morir cantaba melodiosamente. Con sus atemporales armonías Los Cisnes Azules honran más que al dios… a la propia música.

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