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Mosca tras la oreja

Desde un punto de vista socrático, peor que matarse es poner a otro en el trance de eliminar una vida humana

De la eutanasia me asombra que no se haya aprobado antes que el aborto, donde se decide la muerte de un inocente que no puede decir esta boca es mía, aunque todo indica que no desearía ser eliminado. El tremendo pagano que llevo dentro ve el suicidio con mucha lástima pero con buenos ojos, pensando en Séneca y en Mishima, naturalmente. Luego, sobrenaturalmente, yo pongo mi vida en manos de Dios (y aconsejo esa confianza a todo quisque).

Mi tolerancia con el suicidio ajeno me llevaría, en segundo lugar, a animar a los partidarios de la eutanasia a que la pidan nominalmente sin tanta ley para todo y todos, que ya pone la mosca detrás de la oreja. Esos registros que existen de testamento vital están muy bien y deberían zanjar buena parte del debate. A diferencia del aborto, los partidarios de la eutanasia pueden predicar con el ejemplo.

Los problemas empiezan porque el suicidio y la eutanasia no son talmente lo mismo. Ésta implica que otro te mate. Desde un punto de vista socrático, peor que matarse es poner a otro en el trance o hasta en la obligación de eliminar una vida humana.

Además aquí pasará como ocurrió con el aborto. Se presentan unos casos particulares estremecedores para que la sociedad enternecida clame por el nuevo derecho. Luego se aplicará a casos cada vez más ordinarios hasta que se convierta en un expediente normalizado. La eutanasia termina desincentivando la investigación y la inversión en cuidados paliativos, rebajando la exigencia de autorización del eutanasiable y calculando el ahorro en la Seguridad Social que se consigue de paso. Se han escrito estupendos artículos por personas menos frívolas que yo que lo exponen con datos concretos y casos reales. La ley de Holanda de 2002 es un buen mal ejemplo.

Lo sensato -puesto uno en el atolladero de una circunstancia personal complejísima- sería actuar de la forma más secreta o discreta posible, por respeto, sobre todo, a la persona que muere y para que mi compasión extrema no se lleve por delante, como el aleteo de la mariposa del tifón, un montón de vidas sucesivas. Yo daría por bien empleado que se me aplicase el Derecho, con las atenuantes que tocasen, con tal de que no se banalizara un caso tan íntimo y delicado. Aquí lo más cercano a la inocencia es la asunción de una culpabilidad tan compungida como responsable. El espectáculo y la hybris legislativa resultan tan sospechosas como arriesgadas.

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