Postrimerías

Militancia

Tanta gente no puede haber enloquecido y es razonable pensar que mereceríamos mejor suerte

En la desastrosa hora actual, se hace tanto más evidente que la regeneración prometida por los partidos de nuevo cuño, ya representados en los parlamentos e incluso con ministros y consejeros, o con fuerza para condicionar desde fuera la acción política de los gobiernos, no ha traído ni un solo beneficio a la sufrida ciudadanía española. Antes al contrario, en particular si hablamos de esos extremos que viven y se retroalimentan de temores inversos, con el previsible regocijo de las minorías nacionalistas, que no sólo no han perdido influencia sino que se muestran ahora más retadoras e insidiosas que nunca, tanto la aburguesada facción de los que venían a asaltar el cielo como los caricaturescos portavoces de don Pelayo no han hecho más que envenenar el debate público con su intransigencia, su agresividad y su empeño en considerar a los rivales -y peor aún a los electores, a los que tanto unos como otros deben sus actas- como enemigos indignos de pertenecer a la comunidad. Los histriónicos oradores de estas facciones reproducen comportamientos consabidos y cualquiera que abra un libro de Historia del siglo XX los encontrará asociados a todos los charlistas que se burlaron del deseo de concordia, antes de llevar al despeñadero a las sociedades que fueron intoxicadas por su palabrería. Nuestra desgracia es que pocos enarbolan hoy una defensa de la democracia sin adjetivos, sin argumentaciones marrulleras ni prejuicios interesados, que no suene blanda, acobardada o pusilánime, incapaz por lo tanto de seducir a esos amplios sectores de la población que sucumben a las falsedades halagadoras y las consignas baratas. El paupérrimo nivel de nuestra clase política, desde el presidente del Gobierno hasta el último concejal de pedanía, se extiende desde luego a los partidos aún mayoritarios, que tampoco parecen haber dejado atrás sus muchos vicios e inercias de décadas, pero resulta especialmente llamativo entre quienes pregonaban una ejemplaridad que no se ha visto por ninguna parte. Sería la hora de desnudar las carencias de todos estos demóstenes de garrafa con un discurso sólido, bienhumorado y persuasivo, militante de otra manera, que expresara una verdadera exigencia hacia los gobernantes por parte de los gobernados. A los bien alimentados propagandistas que desbarran en el Congreso los mantenemos los mismos que somos objeto de sus insultos, de sus estúpidas ocurrencias, del indisimulado desprecio a la mayoría que les paga el sueldo. La militancia propiamente dicha es una parte ínfima del censo, tanta gente no puede haber enloquecido y es razonable pensar -o más vale hacerlo- que mereceríamos mejor suerte.

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