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Impostores

Ya podemos decir que hay un tercer impostor en esta historia de sinvergüenzas que se aprovechan del dolor ajeno

Esta historia me la contó José María Aguirre, el preso número 4.553 del campo de concentración nazi de Mauthausen (los presos llevaban ese número tatuado en el antebrazo y lo llamaban "la matrícula"). Un día, hacia el año 2000, José María recibió la llamada de otro antiguo preso de Mauthausen. Ese preso le pedía dinero para poner una demanda contra Ramón Serrano Suñer, ex ministro franquista que en 1941 había solicitado a los nazis, como escarmiento, el internamiento en los campos de algunos exiliados españoles en Francia.

José María Aguirre estuvo charlando un rato con el otro preso. Le habló del Gitano, le habló de la Biblia, le habló de la matrícula. El otro preso balbuceó unas palabras incoherentes y cambió enseguida de tema. José María Aguirre empezó a sospechar. Era muy raro que un antiguo prisionero en Mauthausen no supiera que el Gitano era el temible capitán Bachmayer de las SS. O que la Biblia era el censo de internos donde constaban los números de registro y las fechas de ingreso y de muerte (o de liberación, mucho menores en número). José María Aguirre, escamado, contactó con otros antiguos deportados. Ninguno había oído hablar de ese otro preso que pedía dinero. Incluso buscaron su nombre en la Biblia y no aparecía. Estaba claro: aquel tipo era un impostor. El impostor se llamaba Enric Marco y por entonces daba conferencias y recibía homenajes. En 2005 llegó a dar un discurso en el Congreso de los Diputados. José María Aguirre vio en la tele la intervención del impostor. Estuvo a punto de llamar por teléfono al Congreso. Al final se contuvo.

Le pregunté por qué no llamó. Por dos razones, me dijo. Una, porque reconocer que había un impostor -en realidad eran dos- podía dar argumentos a los revisionistas de la extrema derecha, que empezarían a decir que todo había sido un montaje. Y, segundo, porque le daban pena aquellos dos impostores, que en el fondo no eran más que unos pobres diablos. De todos modos, el historiador Benito Bermejo logró desenmascarar a aquellos dos impostores. Y su historia ya es más o menos conocida.

Desde que los representantes de la Generalitat, en un acto celebrado en Mauthausen, se atrevieron a hablar de la existencia de presos políticos en España, ya podemos decir que hay un tercer impostor en esta triste historia de sinvergüenzas que se aprovechan del dolor ajeno.

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