Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Illa, torna a casa, 'alehop'

En primero de carrera, un profesor de los que se llamaban asociados, que dio tres o cuatro clases, nos explicó en un andaluz ceceante y no poco aturullado una de esas cuatro o cinco cosas que uno recuerda como principales revelaciones de ese edén de una vida que puede ser la universidad: "¿Sabéis por qué he acabado yo de secretario general de [un poner] Acme Pública Ltd.?". "Porque soy un cateto y un tonto útil". Por el hecho de decir eso descarté lo de cateto, pero sobre todo lo de tonto. Uno es su yo y su mérito más sus redes y circunstancias, ingredientes agitados en la coctelera de la vida en proporciones variables; por supuesto, con un buen chorreón de fortuna o infortunio. En nuestra vida política reciente, digamos veinticinco años, un porcentaje elevado de nuestros presidentes del Gobierno central o el autonómico es clasificable en el rubro mediocre a quien la chamba y los manejos de poder llevaron a la cúspide. Y ahí les pagamos un máster entre todos hasta que se enteraron de algo y hasta acabaron pareciendo --a ratos, pocos- estadistas. No sólo sucede esto en el sector público, y aconsejo la revisión del concepto tecnocracia de John K. Galbraith (hará sesenta años): gestores profesionales con altos salarios en cuyo mapa estratégico predominan los intereses personales sobre los de la empresa que les paga y sus accionistas. O los del partido sobre las instituciones. O todo a la vez. Tonto el último. Y el primero, según decía aquel profesor de ocasión.

Salvador Illa, ministro de Sanidad, es otro caso de patada lateral y hacia arriba, alehop, birlibirloque, azar, necesidad, tragedia vírica... y dos huevos duros, moc-moc. A ver si lo he entendido como usted. Illa, filósofo de formación y hombre señalado del PSC, es premiado con un ministerio, un esquema de medre, intercambio de estampitas y promoción muy típico del intrasocialismo español: "Al catalán... Sanidad, que suena poderoso, pero en el que hay relativamente poca faena aquí en Madrid". Ya sabemos el resto: lo hemos visto a diario peleando con el monstruo, en televisión dando partes funestos y palos de ciego, todos con el corazón encogido y el cuello congestionado del miedo. Y en pleno auge de la segunda ola, con el invierno por delante y un tetris competencial de locos en materia de pandemia -una jaula de grillos autonómicos poniendo y quitando restricciones-, Sánchez manda a Illa de vuelta a casa para rentabilizarlo electoralmente a nivel de terruño. La cosa no merece mayor comentario: lo primero es lo primero. No para usted, iluso: para el político y su partido.

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