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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Gracias por tus pómulos Faye

No estás encerrado en una casa en ninguna parte, tú estás con ella, que te mira. Te llamas Clyde y ella Bonnie

Lo primero que se ve es un primerísimo plano de unos labios rojos, ocupan toda la pantalla, brillantes porque acaban de ser pintados con un lapiz de ese color, muy intenso. La mujer, veintitantos años, se tumba en la cama lanzándose sobre el colchón, desnuda, crispada por el aburrimiento, enfurruñada por otro día más que se avecina sin expectativas. Se levanta y va a la ventana y ve a un hombre hurgando en el coche de su madre aparcado ante la casa. Le llama la atención sin importarle -o precisamente haciéndolo a propósito- que el hombre la vea desnuda cuando levanta la cabeza gracias a la transparencia de la mosquitera de la ventana. Él le replica que no está intentando robar el coche "de una vieja", como ella misma ha llamado a su madre. Y entonces, de pronto, ella le dice que la espere, va hacia el armario y coge un vestido y se lo pone sin ropa interior y baja las escaleras corriendo y llega hasta él. Y empieza una historia de amor y de violencia y de muerte protagonizada por dos jóvenes que, si bien en la vida real no fueron, sin ser unos callos, tan guapos como los de este artículo, sí merecerían que se les aplicara -aunque por razones muy distintas- el título de aquella novela de Scott Fitzgerald, Hermosos y malditos.

Es poderoso el rostro de una mujer, su presencia -y no necesariamente física ni cercana; al contrario, precisamente por eso-, cuando logra suscitar toda la atención en ella, consiguiendo que no retiremos la mirada de sus ojos llenando la pantalla. Ella está mirando en ese instante a su pareja. Y su pareja eres tú. Su pareja no es el actor que está compartiendo con ella la escena. El hombre al que ella mira, en el que clava sus ojos, está sentado al otro lado en una habitación de un piso en un país lejano, a miles de kilómetros y en otra época... Y sin embargo no: este hombre está con ella. En los años treinta del siglo pasado. Ella lo ha descubierto, desnuda tras la ventana, zascandileando en torno al coche de su madre, ella ha bajado corriendo para unirse a él, para no separarse de él jamás hasta su muerte, juntos, acribillados a tiros. Así que tú no estás confinado en ningún sitio, tú no estás encerrado en ninguna casa que estos días a muchos les parece una cárcel en la que impera la abulia cuando no un zulo en el que ya se palpan los minutos previos a la desesperación. Tú estás con ella esta noche y todas las que tú quieras. Te llamas Clyde y ella es Bonnie. Y le acaricias los pómulos.

Gracias Faye.

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