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Getsemaní

En nuestra particular recreación meridional de la Pasión hemos sabido representar ese sufrimiento del Dios hombre

Desde la magnífica Iglesia de la Agonía, también llamada de Getsemaní por estar donde la tradición sitúa la escena de la última oración de Cristo antes de ser prendido por los soldados del Sanedrín, puede contemplarse hoy la antigua Jerusalén al fondo, detrás del Cedrón, con sus murallas que dejan ver el domo de la roca que reluce entre un enjambre de iglesias, mezquitas y sinagogas que conforman el núcleo de la ciudad santa. Y no debe ser muy diferente de la visión que tuviera de ella Jesús de Nazaret hace dos mil años, cuando se adentró en aquel paraje para comenzar la Pasión que conmemoramos esta semana y que cambiaría el mundo.

La escena del huerto de los olivos es, para los exégetas, la más dramática y desconcertante del Nuevo Testamento. Ese mismo Dios que apenas unas horas antes estaba celebrando con sus discípulos la cena de la Pascua tranquilo y sereno, plenamente consciente de su magisterio redentor, se transforma de repente en otro Dios, más humano y vulnerable, caído, casi rebajado, tan lejano de la condición sobrehumana e inalcanzable que la tradición romana deparaba para sus dioses. Tan dramática es la escena de este Dios sufriente, sudando sangre, que ha querido ser aprovechada en su beneficio por los enemigos del cristianismo -¿Cómo todo un Dios todopoderoso, exclamarán, puede conmoverse y pedir misericordia?-, y siempre ha suscitado cierta incomodidad en los teólogos.

En nuestra particular recreación meridional de la Pasión hemos sabido representar ese sufrimiento del Dios hombre y la mansedumbre en la entrega a quienes fueron incapaces de ver más allá de sus estrechas miras con lo mejor de nuestra piedad popular. Cristos que se ofrecen al pueblo humildes y entregados, sayones con plumeros grandes rendidos ante la fuerza arrebatadoramente orgullosa de los barcos grandes barrocos, judíos mal encarados alumbrando la noche con sus teas, discípulos que se esconden entre el miedo y la vergüenza tras los olivos verdes, el precio de la traición que cabe en una bolsita con treinta monedas de plata.

El lunes en Santiago, hoy en Orfila, mañana en Montesión… Aquel miedo de la noche más larga en Jerusalén aquí se suaviza con esas cálidas estampas que salen a nuestro encuentro con sonido de cornetas y tambores. Pocas veces se ha explicado de manera más sencilla una cuestión tan compleja. Otro prodigio más de nuestra Semana Santa.

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