por montera

Mariló Montero

Gabriel y Mari Carmen

GABRIEL, en bata, junto a la ventana. Fuera, la lluvia. A sus ochenta y ocho años, él ya ha visto tantas aguas... Llueve sobre esta calle como hace décadas llovió sobre Suiza cuando emigró para trabajar. Le ha quedado una "paguita" de aquello, le gusta decir a él, y con ella va tirando. También llovía el día de su boda. Ya no recuerda fechas, y del casorio podría darnos apenas dos datos: el nombre de su mujer, Leocadia, y que en efecto llovía. Pero de Leocadia, en esta casa, ya sólo quedan su ausencia y su ropa, que sigue colocada en su lado del armario. Y en sus cajones. Ordenada. Como esperando a que ella regrese. Leocadia murió hace dos años, y aunque ciega, sus ojos siempre iluminaron los días de Gabriel.

Él se mesa el pelo. Ese pelo blanco de los mayores que ya casi exhibe la certeza de que no sobrevivirá al peine actual. La boca se le abre, Gabriel mastica el aire. Y con las manos tomadas por un temblor de semilla aparta el visillo. Bajo un paraguas, apresurada, ya viene Mari Carmen, sorteando los chorros de los canalones y los regueros que se tejen sobre las aceras.

Tiene llave. Y cuando entra mascullando contra la lluvia, con ella pasa el olor de la tierra mojada propio de estos días. Huele como el día de su boda y como olía en Suiza, aunque Gabriel no lo recuerde. Él se levanta, pero Mari Carmen le insta a permanecer sentado, a acomodarse mejor en el sofá.

-Siéntese, Gabriel, que yo voy a poner el cocido y mientras se hace le hago la habitación y el baño. ¿Tiene más ropa? Ponemos la lavadora entonces. ¿No ha tomado el café? Si le dejé ayer una cafetera llena…

Pero él prefiere que sea ella quien se tome el café. Sentada, tranquila.

-Pero hombre, cómo me voy a sentar a tomar un café. Entonces, ¿quién hace las cosas? ¿No se ha cambiado el pijama? Si también le dejé el pijama limpio doblado, en su cajón…

Gabriel lo que quiere es charlar, contarle cosas, decirle que se despertó todavía de noche y que se sentó a escuchar las noticias. Pero como Mari Carmen no para, y ahora está en la cocina trasteando el cocido, allá que la sigue él, para contarle otra vez lo de sus sobrinos, que se lo llevaron a Valencia cuando enviudó, pero que le cogían dinero de la cartilla, y que lo dejaron pelado.

Mari Carmen asiente, le sigue la charla aunque ya se sabe la historia. Y así será durante todo el tiempo que ella permanezca en el piso, trabajando contrarreloj. Qué va a hacer. No lo va a dejar solo. Él no quiere irse a ningún sitio, tampoco con las monjitas. "Yo me quedo aquí, con Leocadia, mientras me pueda valer…". Mari Carmen ya no cobra de la empresa que daba asistencia a Gabriel. Asistencia social. La deuda obligó a despidos, a reducir la ayuda. Pero, ¿cómo va a dejarlo, qué trabajo le cuesta a ella darle una vuelta al hombre todos los días, pobrecillo?

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