Flores de muerto

En estos días veo flores por todas partes y pienso en los muertos que tienen flores

Siempre que se acerca el mes de noviembre ando un poco perdida. No tengo la costumbre de llevar flores a los muertos ni sé disfrazarme para negociar trucos o tratos. A lo sumo, cojo el Don Juan de Zorrilla y susurro sus denostados versos. Ahora que tan de moda están los monólogos en el teatro posiblemente porque sólo hay que pagar a un actor, representar El Tenorio tiene su miga y su sentido para, nunca mejor dicho, pensar que no todo está perdido, que no hemos muerto del todo. Yo pondría a los niños en el colegio a representar la escena del cementerio, a batirse en duelo, a hablar con los muertos, a declarar su amor con versos mediocres pero cargados de romanticismo. Seguro que lo pasaban mejor que vaciando calabazas. No sólo eso, también les haría recitar las Coplas a la muerte de su Padre de Jorge Manrique porque no hay poema mejor, ni mayor alabanza a un padre. Nunca se ha expresado tan bien el tempus fugit y el poder de igualarnos de la muerte.

Pero no todo son versos. En estos días veo flores por todas partes y pienso en los muertos que tienen flores y los que no las tienen ni las tendrán. En las mujeres que aún existen, que limpian y adecentan las tumbas y las cubren de ramos el día de los difuntos. En los puestos ambulantes, símbolo de la fugacidad, que se acodan a las puertas de los cementerios. En los Huesos de Santos y en todos esos dulces que se hacen no sé si para conmemorar a los muertos o para celebrar que estamos vivos.

Me contaba mi hermana que el año pasado quiso mi madre ir al cementerio a pesar de que en casa nunca hemos tenido esa costumbre. Ella por darle gusto la llevó y cuando se acercaron a ver a mi padre se encontraron con un ramo de flores frescas. Pensaron que habíamos sido los demás, pero tras preguntar uno por uno, nadie había ido a verle. Es más, mi hermano Pedro se acercó un día y encontró también un ramo de flores y pensó que alguno lo habría llevado. Las cábalas son infinitas: que si hay quien visita a los muertos y les lleva flores sin conocerlos, que hay quien al cambiar las flores de su muerto ve que el vecino no tiene y se las pone, que hay alguien, que no conocemos y que cada noviembre, como siempre y sin tarjeta como en la canción, le deja unas flores a nuestro padre. Hay una novela detrás de ese ramo. Mi hermana corona la reflexión con una frase de película: esas flores no son nuestras, no son las flores que nos gustan. Continuará.

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