Por montera

Fin de la pandemia

La cara se desviste para volver a ofrecernos tal como somos. La pandemia ha acabado

Voy caminando por la calle y veo caras. Muchas caras. Me gusta. Intento contener mi alegría y no fijar la mirada en sus ojos para no incomodar a nadie. Pero, de alguna manera, los ojos se van porque volvemos a ver los rostros despejados de mascarillas. Las mascarillas se van quedando en los cajones de casa, otras llevan aún alguna en el bolsillo por si toca colocarse una para entrar en algún establecimiento donde aún hay que aplicar y cumplir la norma anti Covid. Ya son, cada vez menos, quienes la enganchan por sus gomas al codo. Es muy temprano por la mañana, tanto que aún no ha salido el sol. Hay muy pocas personas por la calle. El del taller de motos abre muy pronto el negocio y sigue teniendo en el centro del obrador la misma vespa azul turquesa desde hace tres días. Es un chico joven. Le veo la cara completa. Tiene una poblada barba negra, la mandíbula es picuda y no tendrá más de 38 años. Ensimismado en su labor, permanece con la boca relajada pareciendo serio. En este largo tiempo de pandemia ha sobrevivido el pequeño negocio de barrio, en cambio hay una diferencia determinante: ya no está el señor mayor que siempre trabajaba en él. Me pregunto qué le habrá pasado. Si se habrá jubilado o por el contrario falleció por Covid y está en la lista de los más de 86.000 fallecidos según el MoMo. Un autobús escolar espera en la vía a que los niños suban mientras se van soltando de las manos de sus padres y de sus madres. Todos ellos son jóvenes y les besan en la mejilla mientras susurran la última frase al oído de los pequeños antes de la despedida. En la esquina me adelanta el mismo chico que, cada día a la misma hora, corre calle abajo. Le vuelve a discurrir por la mejilla la gota de sudor que le ha nacido durante su carrera. Cuatro empleadas esperan, algunas fumando un pitillo, a que les abran la puerta de la tienda de ropa donde trabajan. Permanecen separadas por más de un metro. La distancia social parece que nos ha calado. La del quiosco me sonríe mientras termina de colocar las revistas que le acaban de entregar. Miro de reojo al joven que pasea a diario a sus dos preciosos perros Husky Siberiano, ni él lleva mascarilla ni ellos bozal. Somos libres para respirar directamente el aire puro de la mañana. Ni a mediodía ni por la tarde las gentes en su mayoría, llevan puesta la mascarilla. Por la tarde distingo al otro lado del bulevar a dos vecinos quienes nos sonreímos de lejos. La cara se desviste para volver a ofrecernos tal como somos. La pandemia ha acabado.

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