EUROPA SUR En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Esta España nueva

La curva descenderá hasta morir de amor, del que han puesto tanta gente noble, tanta gente buena

No es tiempo de críticas despiadadas ni de feroces reacciones contra todo lo que se mueve; más si cabe, cuando uno está entre los quietos o entre los casi quietos. Todas las energías debieran dirigirse a poner sobre la mesa los talentos y el trabajo, sin desmayo y sin esperas. Enseguida sabremos que no cualquier tiempo pasado fue mejor, que los hubo peores en cantidad. Ayer mismo recordaba Jordi Llavina, en La Vanguardia, a unos cuantos creadores literarios que celebraron lo que tenían cuando les faltaba o se lamentaban de su suerte aludiendo a lo que tuvieron. Concretamente al "Desert d'amics" (Jordi de Sant Jordi, c.1420) que (aunque no lo dice) cantaba Raimon en los años (1970) de la oprobiosa. Un bellísimo poema del poeta valenciano (tampoco lo dice, por si acaso), De Sant Jordi, que tuvo los favores de Alfonso el Magnánimo (V de Aragón, III de Valencia, I de Mallorca y de Sicilia, II de Cerdeña y Conde de Barcelona). Alfonso sufrió los antecedentes lejanos del nacionalismo catalán y acabó quedándose, muy italianizado, en Nápoles, donde murió en 1458.

Por su parte, el camarero (aunque real) Jordi, muerto en plena juventud, cantó su nostalgia cuando era prisionero de Francesco Sforza, adelantado de la famosa dinastía, y Raimon la popularizó en su reivindicativa campaña por las universidades del tardofranqismo. El poema es de una gran belleza: "Desert d'amics, de béns e de senyor, en estrany lloc i en estranya contrada…" ("Desierto de amigos, de bienes y de señor, en lugar extraño y en región extranjera"). También menciona Llavina al tormentoso poeta francés Fraçois Villon (Balada de los ahorcados), que anduvo por el Paris de la primera mitad del siglo XV, y ¿cómo no? al irlandés Oscar Wilde y a su "Balada de la cárcel de Reading", cuando padeció, en las postrimerías del siglo XIX, la persecución de algunos medios puestos al servicio de la intolerancia y de la incomprensión.

Esta España nueva (mía con censura), esta España vieja (nuestra con censura) que cantaría la inolvidable Cecilia, está a punto de levantar cabeza. Ya se acerca la inflexión de la curva logística de las epidemias (que no tiene pico, como se mal dice, sino estabilización durante un tiempo). Aún hay que esperar un poco, pero después se habrá ganado la batalla y esa curva descenderá hasta morir de amor, del que ha puesto tanta gente noble, tanta gente buena, que volverá pronto, como antes, a no tener importancia.

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