La esfera armilar

La Escalerilla, ¡qué historia!

Resulta que va a ser mejor no tocar mucho el aparcamiento, no vaya a ser que se nos hunda la Plaza Alta

Su nombre: Escalerilla, ha evolucionado, por razones que no acierto a desvelar, hasta "Escalinata". La verdad es que no es importante que se aluda de un modo u otro a ese monumento urbano, cuya desaparición lamentamos los que crecimos subiéndola y bajándola de vez en cuando. El nombre alternativo: Escalinata, tiene más empaque y solemnidad, si bien es menos cariñoso. Mi empeño en mantener el viejo nombre, tiene que ver con lo que los gallegos llaman morriña. Nada que ver con el eufemismo de llamar "barrio de la Caridad" a la mayor parte del centro y del casco histórico de Algeciras. Mis compis periodistas no debieran dejarse seducir por el absurdo, porque de ellos depende que el tal se consolide. Debieran hacer lo posible por evitar que se desfigure nuestra historia social y se confunda al personal de las nuevas generaciones. No es una obviedad, créanme; más bien debieran estar penados estos atentados a la inteligencia.

Cuando acabaron con ella, había quien decía que total: la Escalerilla era un lugar donde la gente se orinaba o llevaba al perro a que lo hiciera. Pero lo cierto es que le teníamos afecto, no solo era un icono del despegue urbanístico de los años cincuenta, sino la rampa que nos conducía al borde el mar desde el interior de la ciudad. Los adolescentes llevábamos allí a los amigos que venían de afuera, cuando se veraneaba en Algeciras. Arriba había unos artilugios en donde previa introducción de una peseta rubia, se veían cerquita los barquitos de vela, sobre todo cuando había regatas en el Club Náutico. O los coches circular por las calles de Gibraltar. Incluso, poniendo un poco de voluntad, se adivinaba el jugueteo que se traían los turistas con los monos. Hubo un tiempo en que se instaló una cafetería que, naturalmente, se llamaba Europa, y era una gozada sentarse en alguna de sus sillas, a contemplar ese panorama que teníamos frente nosotros cuando las grúas dormían en el limbo del progreso.

La escalerilla era la novia del Mirador. Nacieron, vivieron y murieron juntos y, podría decirse, que por las mismas causas. La modernidad les pilló desprevenidos, sobre todo a la Escalerilla, víctima de vaya usted a saber qué tejemanejes y enredos traídos y llevados por los políticos de turno y sus sesudos asesores. El colmo es que ahora resulte que va a ser mejor no tocar mucho el aparcamiento que se hizo en su lugar, no vaya a ser que se nos hunda la Plaza Alta.

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