Ociosa y acalorada, cierro los ojos y me dejo llevar por el deseo. La brisa marina del Atlántico acaricia mi piel. En una playa desierta y salvaje, la suave arena masajea mi abandonado cuerpo que se entrega al confortable, cálido y sedoso abrazo. Las olas, instaladas en el fondo del oído, nacen y rompen en la caracola interna con el justo compás que acompasa la realidad del tiempo… Sin mascarilla, respiro la inmensidad del océano. En el lugar que me encuentro no hay virus ni ecos de pandemia.

Como un susurro, se apoderan de mí, en este estado de absoluta placidez, pensamientos del filósofo cordobés nacido allá por el año III a.C: "Hay que saber afrontar las contrariedades sin desgarro, saber aceptar los reveses de la fortuna, asumir que la realidad escapa a la voluntad del individuo… Tener fortaleza y dominio sobre la propia sensibilidad y fundamentar la existencia en el equilibrio de la mente y en la liberación de las pasiones".

También lo respiro para poder así conciliar las más opuestas ideas que conforman el mundo, y hacerlo, precisamente, para que el mundo sea un lugar de encuentro y no de discordia. Y es que mucho tiempo después, demasiado tiempo, seguimos enredados en lo mismo.

Para Séneca, la filosofía era un elemento práctico, un útil para la vida, pues únicamente el saber y el conocimiento pueden levantar un muro de contención frente a la adversidad. En sus tratados morales da buena cuenta de las estrategias que desembocan necesariamente en el bienestar espiritual. Para ello se precisa austeridad, desapego material, mesura en todo, vivir en sociedad sin perder el silencio interior y estar "en medio" sin dejar de estar "al margen".

Sigo respirando, adentrándome en un lugar desconocido, mirando el profundo azul del cielo que, despreocupada, proyecta en mí un abismal sosiego. Esa paz que me conecta con la que habita en nuestro vasto espacio interior, adonde probablemente también hay estrellas de mar, soles y océanos.

Me desperezo, rozo la arena con pies y manos y poco a poco me incorporo. Ante mí, un horizonte azul a ras de playa. Despreocupada observo el paso del tiempo sin angustia. Para aprender a vivir el mejor maestro es el presente sin ninguna expectativa…

Abro los ojos y la delicada arena desaparece, también la brisa, el azul, la orilla y la marea. Me tomo mi tiempo para afrontar el regreso. Me pongo zapatos y mascarilla y sin nada de salitre salgo a hacer la compra.

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