Nuestras emociones son herramientas maravillosas porque estar en contacto con ellas nos ofrece la oportunidad de experimentar la vida plenamente. Pero solo cuando somos abiertamente conscientes de lo que ocurre en nuestro interior es cuando pueden enseñarnos mucho de nosotros mismos y también del exterior. Con el tiempo, nuestras emociones, a la misma vez que nosotros, maduran y nos hacen descubrir lo que es realmente importante para nuestro avance de lo que no lo es. Ago decisivo que ellas nos descubren es lo que realmente hemos venido a hacer en este intervalo atado al tiempo que llamamos vida. Así, cuando uno se enfrente a una decisión importante y no se esté seguro de qué rumbo tomar, lo que puede ayudarnos a decidir sería fijarnos en cómo nos sentimos ante cada una de las posibilidades que barajamos, más que escuchar todas las múltiples voces de la cabeza que quieren intervenir en la decisión y las otras muchas voces externas que también quieren participar en ella. Cuando las emociones toman partido, sea cual sea nuestra decisión, era justo esa la que deberíamos haber elegido en ese momento porque algo de ella teníamos que aprender. Qué necesario sería que desde pequeños nos ayudasen a gestionar nuestras emociones y dejarnos de tantos razonamientos. Cuando uno empieza a sentirse enojado, a la defensiva, culpable, triste o algo similar, el primer paso que deberíamos dar es identificar la emoción que lo produce y admitir lo que estoy sintiendo. Puede suceder que nos encontremos en una situación en la que experimentemos una emoción de las antes citadas, u otras, y no sepamos de dónde viene, o quizá lo sepas pero no puedes evitar que vaya en aumento; entonces, paremos un momento y si se puede intentemos no decir ni hacer nada de inmediato (eso de contar hasta diez) para así tener la capacidad de separarnos de lo que está sucediendo para verlo todo con mayor claridad. Para esta situación que expongo se requiere de una gran destreza y sobre todo de una gran fuerza de voluntad para que el primer impulso no nos arrastre con su corriente y nos ahogue en nuestros propios actos y palabras.

Podemos tomarnos un respiro antes de enfrentarnos a la situación o a la persona que está generando esa emoción en nuetro interior. Este es un profundo acto de respeto hacia ti mismo y hacia el otro. Antes de hablar preguntémonos: ¿lo que estoy a punto de hacer o decir surge de mis emociones o de mis creencias?

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