Aprincipios del XVIII los británicos enviaban a sus jóvenes aristócratas a realizar un viaje por Europa como parte de su educación. A ese itinerario iniciático por los países que fueron cuna de la Cultura Clásica y el Renacimiento se le denominaba "Grand Tour" y puede considerarse como un ilustre precursor del viaje turístico masivo que se impondría un siglo después gracias al desarrollo del ferrocarril. El término "turista" (derivado precisamente de "Grand Tour") parece que se debe a Stendhal, el autor de clásicos literarios como "Rojo y Negro" o "La cartuja de Parma". El escritor francés fue un impenitente viajero y en uno de sus diarios de viaje ("Roma, Nápoles y Florencia") describe las sensaciones que experimentó al visitar la basílica de la "Santa Croce". Después de haber estado todo el día paseando por Florencia, Stendhal entró en la hermosa iglesia franciscana y contemplando los frescos de Giotto, las tumbas de personajes ilustres (Miguel Ángel, Galileo, Maquiavelo…) y sus monumentos funerarios, se sintió aturdido, con palpitaciones, vértigo y sensación de ahogo. La vida se me había desvanecido, caminaba con temor a caer -escribió en su diario-. El médico atribuyó tal desasosiego a haber sufrido una "sobredosis de belleza" y desde entonces tan sofisticada patología se conoce como "síndrome de Stendhal".

En la actualidad aquella misma Florencia cincelada al gusto de los Médici y que, probablemente, Stendhal visitó de manera pausada, serena y hasta solitaria, recibe doce millones de turistas al año que asfixian a la ciudad y sus obras de arte y, además, generan a diario toneladas de basura que enturbian sobremanera el antiguo glamour de la capital de la Toscana. Se antoja improbable que esos visitantes (por lo general poco acostumbrados al "roce" con el arte) a los que las agencias de viaje "obligan" a asimilar en unas pocas horas varios siglos de cultura, corran riesgo alguno de padecer el "síndrome de Stendhal".

Si acaso sufren vahídos, desmayos o taquicardias más bien habría que achacarlos a las horas de colas ante palacios y museos, al sofoco que genera el hacinamiento bajo la cúpula de Brunelleschi o al incontenible deseo de acabar, por ejemplo, la visita a la galería Uffizi para poder descansar sentados en un bar con un bocadillo y una cerveza. Desafortunadamente, el gozo estético no se puede comprar en los paquetes turísticos que vende "El Corte Inglés", nace de la sensibilidad y el bagaje cultural del espectador y, a veces, lo bello se convierte en sublime provocando la turbación descrita por Stendhal. Algo imposible para las masas que atolondradamente arrastran sus cuerpos por las salas infinitas de los grandes museos.

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