En tránsito

Docilidad

Los gobiernos del mundo han encontrado la fórmula para atemorizar a la población y para introducir medidas de control

El otro día me crucé en un parque con un señor que llevaba la mascarilla puesta. A primera vista, nada que objetar. Pero de pronto me di cuenta de que no había nadie más en cien metros a la redonda. Puede ser que aquel señor llevara la mascarilla por simple precaución, porque era una persona inmunodeprimida o que padecía una afección que se lo aconsejaba. Pero quizá las cosas no fueran así. A juzgar por el número de personas que nos encontramos con la mascarilla puesta en espacios seguros, hay mucha gente que se pone la mascarilla por simple docilidad. De un modo u otro, esas personas han asumido la idea de que debemos llevar la mascarilla puesta a todas horas. Es una especie de orden tácita que llega desde arriba y que hay que respetar. Y todas esas personas obedecen la orden, ya sea de forma consciente o inconsciente.

No sé si eso es bueno. Con la pandemia, los gobiernos del mundo han encontrado una fórmula infalible para atemorizar a la población y para introducir medidas de control social que hace pocos años nos habrían parecido inaceptables. En algunos estados de Australia sigue vigente el confinamiento domiciliario, y la Policía ha llegado a enviar mensajes aleatorios que obligan a los ciudadanos a identificarse con una prueba de reconocimiento facial que demuestre que están confinados en su casa. Esta pesadilla distópica nos habría parecido una monstruosidad hace tan sólo cinco años, pero ahora la aceptamos como algo que hasta puede resultar beneficioso para nosotros. Por supuesto, en Australia ha habido protestas violentas contra estas medidas de control policíaco. No es para menos.

En cualquier caso, los gobiernos del mundo ya saben cómo amedrentar y manipular a la población. Y saben también que somos dóciles si se tocan las teclas adecuadas: nuestra salud, sobre todo, pero también el miedo ante el cambio climático o ante cualquier cataclismo. Por eso mismo, las terminales mediáticas del poder no dejan de advertirnos contra toda clase de calamidades que nos acechan. Y es curioso que esto ocurra justo cuando el malestar de los ciudadanos -por el aumento de los precios de la energía y por el empeoramiento de las condiciones de vida- puede desembocar en una ola de descontento y protestas masivas. Y ahí es donde interviene el miedo. Al poder le viene muy bien que sigamos poniéndonos la mascarilla.

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