SEGÚN todas las encuestas que se han publicado durante las últimas semanas, más o menos el 40% de los españoles muestran una tremenda desconfianza sobre la vacuna que viene y no tienen claro si se la pondrían o no. No es una cifra pequeña, sobre todo si tenemos cuenta dos premisas: la primera es que todo el mundo sí parece de acuerdo en que la vacuna es el único medio a la vista para acabar con la peor plaga que nos ha tocado soportar en nuestra vida; la segunda es que, afortunadamente, vivimos en un país desarrollado que vacuna a sus niños y sabe lo que es la salud pública y en el que las teorías conspirativas y paranormales se quedan para Cuarto Milenio, Bosé y pare usted de contar.

Habrá que deducir, por lo tanto, que ese 40% de ciudadanos que no las tienen todas consigo a la hora de decidir si se inyecta el antídoto están diciendo otra cosa. Están expresando una enorme desconfianza en cómo se ha gestionado desde los poderes públicos la emergencia sanitaria. Aunque parezca que llevamos años metidos en esta especie de pesadilla distópica, hace apenas ocho meses que nos decían que llevar mascarilla no era aconsejable e incluso podría facilitar la infección. No lo decía, por cierto, ningún indocumentado, sino el doctor Fernando Simón, máximo responsable en nuestro Ministerio de Sanidad de que las epidemias no se extiendan. Hace un par de días, juzgaron por lo penal en Jaén a un hombre que ha acumulado denuncias por ir por la calle sin mascarilla. Es un ejemplo, pero hay más: al principio todo el peligro estaba en tocar superficies que pudieran estar contaminadas; hoy lo que se exige es estar en lugares suficientemente ventilados.

La desconfianza está justificada por los vaivenes que se han dado desde la Administración. Pero no es muy arriesgado afirmar que cuando la vacuna sea una realidad habrá colas a las puertas de los centros de salud para ponérsela. Nos jugamos normalizar el futuro y empezar a recuperar una vida normal. No hay muchas más alternativas y todas las que se pudieran ocurrir son peores. El problema no es la desconfianza que pueda suscitar la vacuna, que se disipará en cuanto se vean los primeros resultados, sino los meses que quedan todavía hasta que su distribución alcance a capas muy amplias de la población. Pero mientras tanto, nuestras autoridades sanitarias deberían de reflexionar sobre ese 40% que pone reparos a agarrarse a su única tabla de salvación.

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