el mástil

Ildefonso / Sena / Isena@imagenta.es

Depuradoras

Afinales de 2003, el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía daba luz verde a la creación del parque natural del Estrecho. De esa manera, protegía una franja del litoral andaluz todavía virgen, con unos valores medioambientales, paisajísticos y culturales únicos en el mundo, poniéndola a salvo de los numerosos especuladores que ya habían puesto sus ojos en ella.

En ese tiempo, ni Algeciras ni Tarifa -los dos municipios afectados por la protección- depuraban sus aguas residuales. Un sinsentido incompatible con la creación de un parque cuyas aguas han venido recibiendo millones de litros de líquido negro y pestilente. Un delito ambiental, si se me apura, sobre el que las administraciones competentes han practicado la política del avestruz, algo demasiado común entre nuestros gobernantes.

La puesta en marcha, ocho años después de la creación del Parque, de la depuradora de Algeciras es una buena noticia pero incompleta. Porque, para que todos celebremos la buena nueva tirando cohetes, es necesario completar el ciclo con la de Tarifa.

En esta ciudad, los residuos líquidos urbanos van directamente a un mar protegido. Para esconder las vergüenzas, un emisario submarino los manda lejos de la costa, pero se trata de barrer la casa para meter la basura bajo la alfombra.

A estas alturas de la historia, jubilada la lupa de aquél reportero de trincheras, ni siquiera tengo constancia de por dónde van los tiros. Como en otros muchos asuntos, me he perdido y sólo tengo claro que no hay un país civilizado donde el papeleo sea más abundante, la administración más siniestra y el respeto por el Planeta, más irreverente.

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