POCO ha durado la satisfacción de Arrimadas, que tras su encuentro con Pedro Sánchez y ofrecerle el apoyo para los Presupuestos, se presentó como una política responsable que con esa propuesta estaba promoviendo que el Gobierno se dejara de aventurerismo y presentara unos presupuestos moderados.

La líder de Cs daba a entender que gracias a su actitud se apuntaba un tanto porque con impedía el compadreo de Sánchez con ERC. Un partido irracionalmente independentista, empeñado en cumplir su objetivo secesionista. Arrimadas dejaba fuera de juego a Junqueras y Rufián porque ya no era indispensable para Sánchez llamar a la puerta de ERC, que no da nada sin algo a cambio.

Así las cosas, que convenía celebrar porque la postura de Cs impedía el erre que erre de ERC, Sánchez recibe a Rufián en su ronda con dirigentes de la oposición y acuerda con él retomar la Mesa de Diálogo que parecía abocada a ser un mal recuerdo. No lo era, según lo acordado entre los dos políticos se celebrará a mediados de mes, y le ha faltado tiempo a ERC para advertir de que acudirán con las exigencias de siempre: la primera, acordar la manera de celebrar un referéndum de independencia.

Insisten los socialistas siempre en que ese referéndum sólo se celebraría si fuera constitucional, pero la historia demuestra que las huestes independentistas, cuando escuchan esa palabra, se empecinan en convocarlo aunque sea por las bravas y al margen de la ley.

A Sánchez le gusta dar en las narices a sus interlocutores, y Arrimadas lo acaba de aprender en carne propia. La presidenta de Cs queda regular, tirando a mal, tras anunciar el respaldo a Sánchez, porque lo hizo precisamente para impedir así decisiones tan turbias, tan hirientes, como convocar la mesa de diálogo con los independentistas.

También ha dado en las narices Sánchez a los presidentes regionales con los que mantendrá una reunión telemática mañana. Aceptó lo que pedían, más capacidad de decisión sobre las medidas contra el Covid y para paliar sus efectos ante la apertura del curso escolar, con el Gobierno como coordinador; pero lo que ha trascendido es que esa oferta tiene trampa: asumir competencias sí, pero ni un duro para las medidas que vayan a tomar los gobiernos regionales.

Al único dirigente que no da caña es a Santiago Abascal, porque ni le mira a la cara, así difícilmente puede engañarle. Y tampoco tiene problema con su socio Pablo Iglesias: sabe que puede machacarle, que Iglesias no se inmuta. Traga todo porque lo único que le importa es no perder la Vicepresidencia.

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