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Dan miedo

Sus acólitos y adoradores me recuerdan los brotes anarco-libertarios, ya amortizados, de los últimos años sesenta

Mi colega y copartícipe universal, Cristina, se refiere con frecuencia a lo que ella llama "paternalismo de izquierdas". Es -dice- esa tendencia, muy común en la intelectualidad progre, a perdonarte la vida mientras se te da un consejo para que te conduzcas "sabiamente". Está muy asociado al buenismo, pero mientras éste se da en medios y foros, aquel abunda en el ámbito académico. El adanismo (de Adán), es un complemento añadido que supone situar el punto de partida de todo, en uno mismo: nada que considerar ni que tener en cuenta hasta la providencial llegada del yo con los nuestros.

El pasado fin de semana ha reaparecido el alma en pena de la revolución podemita, Pablo Iglesias, que reúne esas y otras cualidades habituales en la izquierda populista, muy en la línea clásica marxista-leninista de "uníos parias del mundo en torno a mí y a mi oligopolio". Sus acólitos y adoradores, me recuerdan los brotes anarco-libertarios, ya amortizados, de los últimos años sesenta. Bien es verdad que en aquello había más verdad, más ingenio y menos peligro. Los antecedentes de las mareas podemitas, las sentadas del mayo del 2011 en la Puerta el Sol de Madrid, eran más frescas y desinteresadas.

La concentración que servía al pequeño mesías para darse un baño de masas con el que refrescar su inmenso ego y avivar su narcicismo, daba miedo. ¡Dios mío -me dije- qué sería de nosotros si estos llegaran a tener el poder suficiente para imponer sus criterios! Y nuevamente viajé en el recuerdo, esta vez a un tiempo muy lejano que vivieron mis padres y sobre el que he leído y reflexionado todo lo que me ha sido posible. Banderas tricolores, evocadoras de una etapa tenebrosa de nuestra historia, y territoriales excluyentes y xenófobas, pregonaban que de lo que se trataba allí era de negar la democracia, de decir no a la historia, de despreciar los símbolos adoptados por los españoles para nuestra común identidad y de dar suelta al resentimiento y a la venganza.

En ese espacio amplio y abierto, rodeado por las paredes del Centro de Arte Reina Sofía, muros del otrora Hospital Universitario "San Carlos", en el que enseñaron eminentes científicos, y no lejos de la carismática Estación de Atocha, se reaccionaba contra la voluntad de millones de españoles de todos los signos, que han sacrificado hasta la propia vida para desterrar para siempre la dictadura del pensamiento único y la tiranía de sus cultivadores.

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