El mismo Madrid que en el último fin de semana de noviembre veía sus calles y comercios atiborrados de gente inmersa en esa ceremonia de exaltación del consumo comúnmente conocida como "Black Friday"; acoge desde el día siguiente el COP25, esto es, un encuentro entre naciones para intentar frenar el llamado cambio climático, una de las muchas consecuencias del deterioro medio-ambiental que, en aras del progreso, ha ocasionado el hombre al planeta. La sucesión sin solución de continuidad de ambos acontecimientos resalta (sin proponérselo) la esquizoide condición de la naturaleza humana ya que mientras complacidos nos echamos en brazos del consumismo más desaforado no tenemos el más mínimo inconveniente en reivindicar en la publicitada cumbre, la disminución de los niveles de CO2, la descarbonización del modelo energético o el rechazo de la energía nuclear frente a la apuesta por las energías renovables. Eso sí, los 25.000 delegados de la ONU que participan en la conferencia probablemente hayan utilizado el transporte aéreo (el mayor emisor de CO2 a al atmósfera) para llegar a Madrid, se alojarán en hoteles de lujo y degustarán los más exquisitos manjares en restaurantes de postín, es decir, que durante sus días de estancia en la capital, a la vez que pontifican sobre las bondades de una Naturaleza virginal, producirán una "huella de carbono" tan intensa que dejarán la ciudad hecha unos zorros (ecológicamente hablando). A mayor abundamiento de la impostura de tan multitudinaria reunión, Endesa, la principal patrocinadora de la COP25, resulta ser también la empresa nacional más contaminante y, por si fuera poco, los países con mayor tasa de emisión de CO2 (China, EE.UU e India) ni asisten, ni aceptan las recomendaciones de la conferencia. En realidad, ya es demasiado tarde, en apenas 300 años de su historia (desde la primera revolución industrial) el homo sapiens ha superado la capacidad de carga terrestre para la especie y por muchas reducciones de emisión de gases de efecto invernadero que -utópicamente- pudiésemos lograr no parece haber opción alguna de revertir el proceso de degradación del planeta. No estamos dispuestos a renunciar al crecimiento industrial y al progreso (y menos aún ese gran porcentaje de naciones a las que se les pide que abdiquen del confort y las comodidades cuando apenas empiezan a atisbarlos). Nuestro antropocentrismo nos impide ver lo obvio: para frenar la destrucción ambiental es imprescindible retornar a una sociedad más simple, austera e incierta. Salvar el planeta y a la vez disponer de luz, agua caliente, transporte rápido y barato y toda clase de avances tecnológicos es como descifrar el irresoluble problema matemático de la cuadratura del círculo.

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