No sé, serán casi las diez de la noche, he dejado el reloj en la planta de arriba antes de ducharme y he bajado al lavadero para poner la ropa sucia del entrenamiento de hoy. Me gusta mirar por la ventana de este rincón de mi casa, en San Bernabé. Las vistas no son aquellas del Valle de Palmones que se extendían hasta la Bahía de Algeciras en 1999, por las que pagué cuando compré esta casa sobre planos con un plan de urbanismo que después cambiaron los caciques municipales con la connivencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, sino que frente a mí se eleva ahora una muralla de cinco plantas y ático retranqueado que, para más maldad, vinieron en bautizar como Mirador de San Bernabé. Manda cojones.

Pero hoy no quería hablarles de los bandoleros locales de aquella época, aunque curiosamente otros bandoleros de más actualidad han vuelto a dar el visto bueno a otro asalto urbanístico en la zona del Cortijo de San Bernabé, sino que quería relatarles que he visto salir a Antonio del bloque de enfrente cargado con cuatro bolsas de basura.

Con Antonio me he cruzado algunas noches cuando paseo a mi perro y, como él solo no puede, le ayudo a abrir uno de los dos contenedores de la basura para que tire la bolsa principal y después pueda depositar alguna botella de vidrio y un par de bolsas con muchos plásticos en sus respectivos destinos.

No estoy muy seguro, pero creo que Antonio vive en el tercero, justo en uno de esos bloques de enfrente de la avenida América, y esta noche, en la que sopla fuerte el viento de levante, lo he visto salir a regañadientes del portón cargado y más inseguro que nunca. No me equivoco si les digo que anda más cerca de los ochenta que de los setenta y que un aire que debió sufrir no hace mucho le dejó la pierna derecha algo arrastrada.

Pero la noche está regularcilla y el trabajador de Urbaser no ha pasado hoy con la furgoneta naranja para dejar las asquerosas tapaderas abiertas con trozos de palos de fregonas o bastidores de ventanas rotas y, aunque el pedal del contenedor funcionara, aunque éste de enfrente fuera el único pedal de contenedor que funcionara en Algeciras, Antonio no podría pisarlo con su patita chunga.

Estoy por salir y echarle una mano porque Antonio va a acabar en el suelo, ya he visto otras veces que no es persona de tirar la bolsa en el suelo junto a los contenedores y que hace juegos de malabares para cumplir con las normas, porque a cumplidor nadie gana a mi vecino Antonio.

Así que aquí me tienen pasadas las diez de la noche en zapatillas de la casa en medio de la calle, hablando con mi vecino sobre la asquerosidad de estos contenedores de tercera mano que tenemos en Algeciras, y dando gracias porque otros muchos algecireños ni siquiera tienen estos cacharros indignos a su alcance. Porca miseria.

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