El rey de los narcos del estrecho

Luis Esteban

Comisario Zabalza

La última novela de Luis Esteban, 'Moroloco', cuenta con dos protagonistas, uno de los cuales es Gabriel Zabalza El segundo capítulo, del cual ofrecemos dos pasajes, lleva su nombre

Un coche de Policía en la comarca. Un coche de Policía en la comarca.

Un coche de Policía en la comarca.

Cuando vino a Algeciras, año y medio atrás, Gabriel Zabalza sabía que el nuevo destino iba a ser exigente. En teoría es el jefe de operaciones de la demarcación, pero la baja por depresión del titular de la plantilla, el comisario principal Luis Javier Estévez, lo convierte en el policía de más rango en la ciudad. No conoce a Estévez, cuyos problemas de salud comenzaron días antes de la llegada de Zabalza. Algunos dicen que la depresión es fingida, una pataleta por no haber conseguido un puesto en Madrid; otros, que ha sufrido mucha presión y no ha sabido gestionarla. En lo que todos coinciden es en su pésimo carácter y en que creaba un ambiente irrespirablea su alrededor.

Así pues, Zabalza ejerce el mando accidental de la dependencia.

Antes trabajó como jefe de la sección de estupefacientes en la brigada judicial de Madrid. La desarticulación del resucitado clan de Los Florida, la incautación de quinientos kilos de heroína en una operación conjunta con la policía turca y los sucesivos golpes al trapicheo asestados en la Cañada Real hicieron de él un adalid en la lucha contra el narco. Con solo oír su nombre los traficantes de la capital se echaban a temblar, no tanto porque usara métodos expeditivos como por la meticulosidad con que llevaba a cabo sus investigaciones, que solía traducirse en largas condenas para los detenidos.

Esa eficacia motivó su ascenso a comisario. Durante el curso de capacitación percibió el respeto con que lo trataban sus compañeros, quienes, en lo tocante a la investigación del narcotráfico, lo reverenciaban. Cuando llegó la hora de solicitar los nuevos destinos, la elección de Zabalza dejó estupefactos a sus colegas. El flamante comisario, cuyo baremo profesional lo había aupado al quinto puesto de la lista, no escogió una cómoda plaza en Madrid, sino que eligió Algeciras.

En todas las escalas y categorías de la Policía Nacional, en todos los cursos de ascenso, en todas las promociones, Algeciras es tabú, antitótem para los solicitantes. Es la última plaza a escoger, la plantilla de castigo. En ella concurren todos los ingredientes que convierten un destino en odioso: mucha droga, mucha inmigración ilegal, muchas armas por las calles, mucha corrupción. En definitiva, trabajo duro y ambiente problemático, el cóctel idóneo para cortarse las venas. Por eso fue una sorpresa que el comisario Zabalza optara por Algeciras para estrenarse en la categoría. Las razones de dicha elección fueron diversas, pero entre ellas destacaba su urgencia por escapar de Madrid, ciudad que se le representaba como un pudridero de almas, sobre todo desde la trágica muerte de Lidia, su hija de doce años.

Antes de solicitar la nueva plaza consultó a su mujer, Pilar, quien dio la callada por respuesta. Desde el fallecimiento de Lidia, Pilar siempre da la callada por respuesta. Ante cualquier pregunta, cualquier sugerencia, cualquier propuesta o invitación, Pilar guarda silencio. Ha abdicado de su voluntad y se deja guiar por Zabalza, quien debe resolver los asuntos familiares sin contar con la colaboración de su esposa. Malvive volcada en su vacío interior y en el cuidado de Yago, el benjamín de la pareja, hijo único desde la desaparición de su hermana.

A sus ocho años, y transcurridos tres sin Lidia, Yago sigue preguntando por ella, sin que su padre sepa qué contestar ni su madre permita a nadie dar las respuestas. Con el paso del tiempo, la moral de Zabalza ha remontado y Yago se acostumbra a su condición de unigénito. Solo el ánimo de Pilar no mejora, tal vez porque no se entretiene, dispone de demasiado tiempo para rumiar su tragedia. Decidió dejar su trabajo de maestra cuando Lidia nació; es una mujer chapada a la antigua y no quiso empañar la maternidad con prosaicas cuitas laborales. Ahora se encuentra amputada, incompleta, partida por la mitad.

Con Yago y Pilar, Zabalza se mudó a la que, desde hace décadas, es la narcocomarca española por excelencia. Reside en la vivienda oficial del jefe de operaciones, sita en la cuarta planta de la comisaría, justo enfrente del piso que debería ocupar el comisario principal Estévez. Este se ha trasladado a Madrid, donde piensa permanecer durante todo el tiempo que dure su convalecencia, así que los Zabalza no tienen vecinos en el rellano. Sus inicios han sido vacilantes, es un hombre prudente y odia dar pasos en falso. En la comisaría de Algeciras hay tres objetivos fundamentales: administrar el maremágnum de la inmigración ilegal, controlar los movimientos del radicalismo islámico y obstaculizar el narcotráfico. Su dilatada experiencia en la sección de estupefacientes de Madrid le ha ayudado a afrontar esta parcela, en la que ya se mueve con desenvoltura. Algunos de los nombres asociados a la droga en Campo de Gibraltar le suenan de su época en la capital. Cómo no, si los mayores contrabandistas europeos de hachís operan desde el Estrecho y muchos de los envíos masivos de coca al viejo continente se efectúan a través del puerto de Algeciras. En la represión de este delito, Zabalza se encuentra como pez en el agua. Las escuchas telefónicas, las vigilancias y seguimientos y la siempre ambigua relación con los confidentes fueron su pan de cada día durante el periplo madrileño del ahora comisario. En este aspecto, Algeciras solo ofrece una peculiaridad: la corrupción.

La corrupción permea todos los estratos de la sociedad campogibraltareña. Banqueros, comerciantes, miembros de las fuerzas de seguridad, transportistas, personal de la administración de justicia, políticos, empresarios… No hay gremio inmune al poder económico del narcotráfico. Los corruptos son pocos, pero están ubicados en lugares estratégicos para los intereses de los traficantes. Por eso nadie sabe de quién se puede fiar, todos recelan de todos. La alargada sombra del crimen organizado condiciona las relaciones humanas, las inversiones, la imagen de las instituciones…

… y las investigaciones policiales.

¿En quién puede confiar Zabalza cuando hay capos dispuestos a pagar las hipotecas de algunos agentes, sus segundas residencias o las universidades de sus hijos? ¿Cómo cuantificar el número de policías corruptos, sin duda pequeño pero muy dañino? ¿Con quién cuenta para desenmascarar a los funcionarios venales, si ignora quiénes son sus cómplices? Tal vez obsesionado, el comisario se escama cuando ve los vehículos particulares estacionados en la explanada de la comisaría. Algunos son de gama alta, ¿pertenecen a policías que saben invertir, poseen negocios boyantes o han heredado fortunas?

En eso piensa mientras preside el briefing diario en la sala de reuniones anexa a su despacho. Mirando a los inspectores que se sientan a la mesa se pregunta si habrá alguno que cobre ocasional o periódicamente de los narcos. ¿Y si todos observan una conducta irreprochable y sus temores carecen de fundamento? Zabalza sabe que los traficantes suelen extender falsos rumores acerca de la honradez de los agentes.

Así dificultan el flujo de información entre estos, que pierden la confianza en sus compañeros, y boicotean las investigaciones.

El relato de Holgado, jefe de la brigada judicial, lo saca de sus cavilaciones. —Los partes que nos ha remitido el hospital no dejan lugar a dudas: los pacientes sufren sendas fisuras anales compatibles con alguna práctica sexual extrema o no consentida.

—¿Eso qué demonios quiere decir? –pregunta Cortázar.

—¿Los de seguridad ciudadana no entendéis la terminologíaforense? –ironiza Holgado.

—Los de seguridad ciudadana solo entendemos el castellano, y eso siempre que no lo hable algún idiota.

—Ya está bien –interviene el comisario. Holgado tiene los puños crispados y Cortázar es famoso por su insolencia. Es mejor zanjar el asunto–. Cortázar, haz el favor de no faltar al respeto a tus compañeros. Y tú, Holgado, relájate y aclara el significado de los partes.

Holgado inspira hondo para calmarse. El volumen de su caja torácica, de normal imponente, adquiere proporciones colosales. Su voz retumba en la estancia.

—Lo que los partes médicos quieren decir es que a esos dos tíos les han roto el culo contra su voluntad. –Rocío, la inspectora jefa al mando de la brigada de extranjería, sacude la cabeza en señal de desagrado. Detesta el lenguaje procaz que acostumbran a usar sus compañeros varones.

—Perdona, Rocío –se excusa Holgado–. Lo que intento explicar es que han sido violados.

—¿Violados? –dice el comisario–. ¿Dos lancheros jóvenes y fuertes, violados?Holgado se encoge de hombros. Lleva poco tiempo en Algeciras, para él esta ciudad es un misterio insondable. Robos violentos para hacerse con botines miserables, peleas a navajazos, ajustes de cuentas… Ha visto a gayumberos descargando hachís en playas repletas de bañistas y a niñatos en paro quemando billetes de quinientos durante una borrachera.

—Serán dos muescas más en la polla de Jerjes –murmura Cortázar.

—¿Jerjes?

Portada de 'Moroloco'. Portada de 'Moroloco'.

Portada de 'Moroloco'.

El jefe de seguridad ciudadana mira a su alrededor con cara de haber dicho una obviedad. Luego cae en la cuenta de que, salvo Felipe, el inspector de policía científica, y él mismo, los asistentes a la reunión son relativamente nuevos en el municipio, por lo que ignoran los bulos que corren por sus calles. Cortázar es una institución en Campo de Gibraltar, donde presta servicio desde los tiempos en que Jesús Osorio, actual vicepresidente del Gobierno central, era concejal de seguridad en La Línea de la Concepción. Se rumorea que mantienen una buena relación, que son íntimos, y ese rumor le confiere poder.

—Sí –confirma–, Jerjes. A ver, es solo un chisme, una de esas leyendas urbanas que circulan entre los delincuentes.

—Desembucha –le conmina Zabalza.

—Si insistes… –Cortázar frunce el ceño y se rasca la oreja. Lo que va a relatar es algo crudo para esas horas de la mañana–. Jerjes es el nombre de guerra de un mulato de dos metros que curra en el Pandemónium.

—Creía que allí solo se prostituyen mujeres.

—Y así es, con la excepción de Jerjes. Hay clientes que quieren montar orgías. Ya sabéis, con dos tías o más, o con algún fulano bien dotado, y no me refiero al intelecto.

—Y ese fulano es Jerjes.

—Correcto. Benítez, el dueño del Pandemónium, lo usa como guardaespaldas y también para esta clase de servicios, digamos que extraordinarios. Benítez fue guardia civil y estuvo a sueldo de Moroloco hasta que fue detenido por los de Asuntos Internos y expulsado del cuerpo. Algunos dicen que, en realidad, el Pandemónium es propiedad del narco y que el expicoleto es un simple testaferro. El caso es que Benítez le organiza números especiales en un reservado del puticlub, a los que acude gente de todo pelaje. También le presta a Jerjes para sus vendetas y para su particular ejercicio de la justicia, que consiste, según se oye por ahí, en dar a elegir al reo entre varios castigos, uno de los cuales es que Jerjes le rompa la retaguardia.

—Por favor… –protesta Rocío. Cortázar ignora la reconvención.

—El mulato tiene una herramienta descomunal –añade.

Pero os ahorraré los detalles. De todas formas, hasta la fecha no ha habido denuncias. Zabalza está acostumbrado a los rumores que corren sobre Moroloco. Su fama ha traspasado las marginales fronteras del hachís, ese mundo estrecho y enmohecido comprendido entre el barrio de El Saladillo, en Algeciras, y el de La Atunara, en La Línea de la Concepción. La prensa glosa su extraña habilidad para burlar a la justicia y a las fuerzas de seguridad. Trafica de manera flagrante, casi jactanciosa, sin el recato mínimo que deben observar quienes trajinan en las alcantarillas de la ilegalidad. Lleva una vida ostentosa. Come en los mejores restaurantes, conduce los coches más potentes, compra las joyas más caras. Insinúa, a cualquiera que quiera oírlo, lo sencillo que es sobornar a los miembros de algunas instituciones públicas en Campo de Gibraltar. Afirma que la información, además de poder, es un género susceptible de compraventa y que cualquier gasto en ese campo es, a la larga, provechoso. Cuando pintan bastos, escapa a Marruecos en una moto de agua y se refugia en alguna de las mansiones que posee en Tamuda Bay Beach o en Marina Smirt, urbanizaciones de lujo construidas en la costa de

Tetuán, donde ha invertido parte de su dinero. Se fotografía en conciertos, en cruceros, en partidos de la NBA, y cuelga las instantáneas en internet para despejar cualquier duda sobre su poder adquisitivo y sus ganas de aparentar. El comisario piensa que tanta notoriedad es contraproducente para la seguridad del narco y para la buena marcha de sus negocios; el tráfico de drogas requiere discreción.

—Estos dos tampoco denunciarán –aventura aludiendo a los lancheros.

—Antes se pegan un tiro –confirma Holgado–. Nos hemos puesto en contacto con ellos y no quieren colaborar.

(...)

El recuerdo de aquellos días en que la suerte mudó y dio la espalda a su familia le sume en la melancolía. Abandona la sala de reuniones, baja las escaleras y alcanza la calle. De inmediato nota el escrutinio de los viandantes y se siente abochornado. Después de treinta años trabajando de paisano, no se acostumbra a llevar el uniforme. Cree que solo queda bien en los agentes jóvenes, y que a su edad, cincuenta y cuatro años, su uso debería estar proscrito. Este pensamiento ahuyentatransitoriamente el dolor que la memoria de Lidia y de los primeros síntomas de la enfermedad de Pilar ha suscitado en su alma.

Recorre a paso ligero los trescientos metros que le separan del bar Cortijo. En El Rinconcillo, barriada donde radica la comisaría, los establecimientos hosteleros son escasos y espartanos. Tascas de caña y torrezno, tabernas de urgencia. El Cortijo es limpio y espacioso, y eso basta al comisario. Accede al local y se sienta a la mesa más alejada de la puerta, encarando la entrada. Pide un cortado con sacarina, cuida su dieta para no engordar. Toma a pequeños sorbos el café mientras piensa en la historia, quizás apócrifa, de Jerjes y Rachid Absalam. El traficante es ubicuo, el perejil de todas las salsas. Es el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Su presencia se deja notar en la ciudad y en toda la comarca. Los rumores sobre sus influyentes contactos, nunca confirmados, han nimbado a Moroloco con un aura de omnipotencia. Se habla sobre los guardias civiles que tiene en nómina, sobre los policías que le dan soplos, sobre los funcionarios del centro penitenciario de Botafuegos que protegen a sus hombres cuando alguno de ellos cae preso.

Se insinúa su estrecha relación con relevantes cargos políticos, aunque nadie osa ponerles nombre. Y se alaba su generosidad, la munificencia con que dispensa billetes y auxilio entre los más desfavorecidos de la ciudad. Ha cobrado fama de filántropo. Para algunos es Pablo Escobar en versión algecireña. El Escobar de los primeros años, no el loco que ahogó a su país en una pesadilla de sangre y metralla. Lo consideran una especie de santón narco, el contrabandista güeno que trafica con cositas malas, pero veniales. Zabalza sabe que no hay traficantes buenos ni cabales ni solidarios. Al menos él no ha topado con ellos. A partir de cierto nivel, el narcotráfico selecciona naturalmente a sus actores, eliminando a los más débiles. Para sobrevivir en la jungla del hachís hay que estar dispuesto a todo: a amenazar, a disparar, a lisiar, a matar. Un traficante como Rachid, que mueve toneladas, es un autómata carente de sentimientos. Puede simular empatía para ser querido o magnanimidad para ser valorado.

Finge generosidad, pero siempre acaba exigiendo la devolución de los favores. Y no duda en ser despiadado cuando la situación lo demanda. Le intriga el asunto de Jerjes. La experiencia le ha enseñado que ninguna pista es irrelevante y que a veces un cabo suelto guía hasta el corazón de la madeja. Mientras reflexiona sobre el particular, un hombre de mediana edad se sienta a su mesa. Es un individuo de los que en Algeciras se conocen como bajuno: mal vestido, mal afeitado y de rostro plebeyo. Tiene un ojo vago, su mirada es al mismo tiempo cómica e inquietante. Juguetea con un papel entre los dedos y carraspea antes de hablar.

—Usted es el comisario Azanza, ¿verdad?

—Zabalza.

—Es igual. Tengo una información que puede interesarle.

—Usted dirá.

El individuo estira el cuello como lo haría una tortuga y vuelve a carraspear.

—Hay una nave industrial en el polígono de Palmones que la gente de Moroloco está utilizando como guardería. Aquí tiene las señas. –Alarga el papel al comisario. Este duda, pero finalmente lo coge–. En su interior encontrará quince toneladas de hachís. Cuatro hombres armados con fusiles de asalto vigilan permanentemente la mercancía. Dese prisa, quieren sacarla antes de una semana.

El comisario examina el papel, donde hay escrita una dirección. La caligrafía es irregular, de persona iletrada o poco dada a la escritura.

—¿Quién es usted? –pregunta Zabalza.

—Eso no importa.

El comisario da un sorbo al cortado.

—¿Por qué me da esta información?

—Eso tampoco importa… de momento. Usted coja la mercancía. Ya tendrá noticias nuestras.

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