Desde hace seis años, el 11 de febrero se celebra, por decisión de la Asamblea General de la ONU, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Aplaudo con entusiasmo cualquier avance, de cualquier naturaleza, que nos permita dar visibilidad al papel de la mujer en la esfera pública y, con convicción, suscribo las iniciativas que vienen a poner de relieve la relación existente entre las mujeres y la ciencia. Nos faltan días en el año para reconocer todo lo que las científicas y tecnólogas del pasado aportaron al progreso de la Humanidad, para poner de relieve su valentía al manejarse en un mundo concebido por y para hombres, venciendo mil y un obstáculos, y para compensar el hecho de que fueran sistemáticamente silenciadas, plagiadas y escondidas. Nos faltan días en el año para seguir luchando contra ese reparto de roles que, de forma apenas perceptible o también explícita, empuja todavía hoy a las mujeres hacia la esfera privada y las tareas asistenciales o educativas, en tanto que las aleja de las materias científicas o tecnológicas en las que también triunfan, espectacularmente, en cuanto se les deja una grieta por la que respirar.

No obstante, esta legítima reclamación también tiene, tristemente, su lado oscuro. Mientras ponemos en valor a las científicas y tecnólogas, que tanto lo merecen, volvemos a dejar en la sombra, doblemente eclipsadas, a todas las mujeres que, por ejemplo, han dedicado su vida y su talento al avance de la filosofía, la arqueología, la sociología, la historia, la filología, el derecho, la pedagogía o el arte. En este caso, la discriminación y el olvido es efectivamente doble: en primer lugar, por ser mujeres que también se desenvuelven en espacios copados por la masculinidad; en segundo, por dedicarse a materias que nuestra sociedad, mercantilizada y convertida en una hoja de cálculo sobre inputs y outputs, desprecia y subestima. Las mujeres científicas y tecnólogas, en meritoria lucha permanente, al menos lo hacen en un campo socialmente reconocido y prestigiado; las mujeres humanistas, afanadas también en mejorar el mundo, pero desde otra mirada, lo hacen teniendo que pedir perdón por no dedicarse a espacios intelectuales inmediatamente traducibles en empleabilidad, productividad y beneficios.

En el fondo, esto ocurre porque se parte de una pobre reflexión epistemológica sobre el concepto de lo que es o no ciencia. Casi un siglo después de la formulación del principio de incertidumbre de Heisenberg, y cuando la inexactitud y la infalibilidad forman ya parte del propio corpus científico, lo cierto es que lo que deberíamos estar reivindicando, en cada momento y lugar, es la relación de las mujeres y las niñas no solo con la ciencia, sino con algo tan importante, global y sustantivo como es el conocimiento.

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