Queridos Reyes Magos:

A estas alturas de la existencia se puede uno permitir algunas licencias. La primera tiene que ver con la caligrafía: no es necesario esforzarse escribiendo esta carta que tampoco tiene membrete ni los dibujos en color con vuestras majestades atravesando idealizados paisajes palestinos siguiendo una estrella que acabó posándose sobre un portal; no existen esas ilustraciones en el fondo blanco de la pantalla, y el teclado exime de cuidados caligráficos. La segunda es que a edades avanzadas ya se ha tenido tiempo de mejorar y de seguir por los amplios pero no siempre muy hollados senderos de la bondad, por lo que no se debe insistir en lo buenos que hemos sido. La tercera es atreverme a no pediros regalo alguno. Cada amanecer, el destino nos otorga el enorme privilegio de seguir viviendo y amando, de plantear nuevos proyectos, de asentar y trabajar en aquellos en los que nos hemos comprometido y en dar sentido a un tiempo al que solo nosotros somos capaces de darle contenido.

Los comienzos de cada año están llenos de buenas intenciones y por ahí sí me atrevo a pediros algo en esta carta: que seamos capaces de mantener un espíritu crítico que la cultura, la experiencia y las lecturas acrecientan; que sepamos apartarnos del mundanal ruido que nos rodea y no caigamos en la tentación de juzgar desde presupuestos que tienen mucho de personales o de tendencias que son, por esencia, pasajeras; que entendamos las acciones humanas en el contexto en que se producen; que asumamos que no podemos enjuiciar los hechos del pasado desde la perspectiva del presente, el cual, dentro de muy poco, se convertirá irremisiblemente en pasado; que seamos tolerantes con las ópticas diferentes, que combatamos el pensamiento único y que contemplemos que la diversidad resulta enriquecedora; que podamos entender que la intolerancia y el sectarismo no son sino formas de encubrir debilidades y que, sin olvidar nuestras raíces, superemos la cerrada sinergia de los clanes para aspirar a una universalidad que está por encima de las marcas, los escudos y las banderas.

Vosotros, que llegasteis desde Oriente para traer a un recién nacido aquello de lo que carecía, sois el símbolo del valor que posee el conocimiento. Más que magos, sois sabios y representáis el significado de algo que hoy posee poco aprecio: el cultivo del saber nos puede aportar mucho de lo que carecemos. No necesitamos oro, incienso, ni mirra, sino valores que nos ayuden a ser mejores y más hondos en un mundo donde priman lo volátil, el interés y las imágenes externas. La honestidad, la tolerancia, el conocimiento y la pasión por realizar lo que cada día nos ofrece no deben nunca relegarse y eso es lo que os pido en esta carta con caligrafía de teclado sin dibujos añadidos ni servicio postal que la gestione.    

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