HACE unos años, aprovechando una de mis estancias en el Alto Ampurdán, quise acercarme a Colliure y conocer de primera mano el escenario en el que Machado pasó sus últimos días. Me refiero a Antonio, el hermano de Manuel, que por cierto en esos días iba acompañado de su madre y de su otro hermano, José. Había leído todo lo que había caído en mis manos sobre esos días en los que gran cantidad de españoles, con las tropas nacionales pisándole los talones, ansiaban con llegar a la frontera del país vecino camino del exilio.

Quise hacer el recorrido desde el Mas Faixat, cerca de la localidad de Viladesens, lugar en el que Machado pasaría su última noche en España. Tras superar la intimidación de enormes perros, conseguí que el encargado de la masía me permitiera acceder al interior. Recordaba la escena tan bien descrita por Corpus Barga, repleta de personajes demacrados, algunos de ellos harapientos, invadidos por el miedo, el hambre y el incierto futuro que se les avecinaba. Sentí un escalofrío al entrar en la masía. Imaginaba aquellos pasillos llenos de gentes sentadas en el suelo y el patio posterior lleno de carromatos y bestias de tiro. A la izquierda, en una estancia más apartada, la chimenea junto a la que Machado y su madre fueron acomodados en unas hamacas, privilegio que les fue concedido por su precario estado de salud. Esto ocurría la noche de 26 de enero de 1939.

A la mañana siguiente la caravana emprendió la marcha por unos caminos abarrotados de gentes en los que lo mismo se avanzaba en coche que a pie. Llegados a la frontera, pasaron la primera noche en Francia en un vagón de tren y luego en ferrocarril hasta Colliure. Una vez allí, alojado en el hotel Bugnol-Quintana, una simple pensión, tan sólo salió un día acompañado de su hermano José con la idea de ver el mar. Su extrema debilidad no le permitió superar una neumonía que le llevó a la muerte en la tarde del 22 de febrero.

De todo esto hace en estos días ochenta años y las dos Españas que el poeta describió siguen vivas. Como siempre, parece ser nuestro destino, una persiguiendo a la otra. Un juego al ratón y al gato que a veces cambia los roles, pero que rara vez cesa en el asedio. Cuánto sufrimiento absurdo y cuánto sacrificio estéril ha acompañado nuestra historia en pos de una concordia que haga posible recordar sin miedo ni rencor estos días azules y este sol de infancia.

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