Campo chico

Cabalgan, no hay duda

¿Qué diría don Cristóbal, ante los exabruptos que se oyen en las Cortes en estos días de pandemia?

Cristóbal Delgado Gómez (Algeciras, 1926-2006). Cristóbal Delgado Gómez (Algeciras, 1926-2006).

Cristóbal Delgado Gómez (Algeciras, 1926-2006). / Andrés Carrasco

No hay que sorprenderse por lo que se escucha en el Congreso de los Diputados o en cualquier otro reducto en el que intervienen los representantes del pueblo; los plenos municipales entre ellos. Está en línea con lo habitual. Hace muchos años tuve a mi lado en uno de esos plenos, en el Ayuntamiento de Algeciras, a don Cristóbal Delgado, que ya era desde hacía bastante, cronista oficial de la ciudad. Fueron muchas las ocasiones en que estuve cerca y en compañía de este ilustre paisano que tanto trabajó por legarnos pequeños y grandes detalles de nuestra historia próxima. A pocos se les ocurría entonces, acceder a los archivos y buscar en los polvorientos estantes de sus parajes internos, detalles sobre los avatares del pasado. Eso es lo que hacen los investigadores en las amplias áreas de las Humanidades, si bien los que lo hacen en ámbitos locales reducen su tarea a la ciudad o a la comarca. Por ejemplo, los cronistas oficiales, a los que se les supone al tanto de lo sucedido en la localidad.

En Algeciras hemos tenido buenos cronistas, y un alcalde, Emilio Santacana, que actuó como si lo fuera. Presidió la Corporación en dos ocasiones y por un breve espacio de tiempo, en 1893 y en 1906 (para ser el alcalde de la Conferencia). Su hermano, José, le sucedió en 1894 y repitió en 1897. Los alcaldes de la época eran nombrados, no elegidos. Y la hubo en que los Corregidores –predecesores de los alcaldes− podían comprar el cargo. Sin embargo, sus nombres no fueron borrados ni sus acciones ignoradas; algunos incluso merecieron menciones honoríficas y placas en las calles.

En estos tiempos de supuesta sublimación democrática, en los que sólo legitima la elección, resulta chocante pensar que alcaldes nombrados por razones ligadas al prestigio o a la relevancia personal, hayan sido respetados y considerados en lo sucesivo. Menos mal, porque así, Algeciras, durante la Conferencia pudo tener un alcalde presentable.

Es como cuando aquel augusto ministro de Cultura, hablaba del onceavo escalón

Como decía, entrábamos don Cristóbal y yo en el Salón de Plenos, un recinto que a mí siempre me produjo un respeto imponente. La visión, sentado en uno de aquellos nobles bancos, de un concejal que fumaba con verdadera fruición, aspirando el humo como si fuera lo último que hiciera en la vida, me dejó un momento estupefacto. Don Cristóbal advirtió mi estupefacción y me dijo: son los tiempos, amigo Alberto. Tiempos de pasmosa ineducación, añadí ceremonioso con un gesto de aceptación respetuosa de la observación que se me hacía. Pensando en aquella escena, me pregunto ahora ¿qué diría mi llorado paisano ante los exabruptos que se oyen en las Cortes en estos días de pandemia? Observar, por ejemplo, a un vicepresidente del Gobierno llamando “pollo ibérico” al águila de San Juan; es decir, al símbolo escogido por Isabel la Católica, en el año 1475, para arropar, en su unión con Fernando de Aragón, el diseño que terminaría por determinar el que sería el primer escudo de España.

Es como cuando aquel augusto ministro de Cultura, hablaba del onceavo escalón y mandaba eliminar el yugo y las flechas de los templos del románico palentino porque eran símbolos falangistas. Son incontables las barbaridades que pueden ser anotadas en los infradiscursos de estas gentes que, sin embargo, pululan por esos mundos de Dios convencidos de que han patrimonializado la cultura y el arte. Deben de pensar que la ciencia, tal vez por su complejidad y por el esfuerzo que requiere, es más de derechas. Por eso, cuando les leo u oigo decir la manida frase de “ladran, luego cabalgamos”, que no sabrán procede de un poema de Goethe, los imagino a cuatro patas corriendo a refugiarse en el redil.

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