Ya parece que el noticiario va a terminar y, casi justo antes de comenzar la sección de Deportes, a Birmania se le dedican, si acaso, un par de minutos. El pasado 1 de febrero hubo un golpe de estado militar en este país que ahora se llama Myanmar: el ejército, una vez más, asaltó el poder para impedir la toma de posesión de los candidatos civiles democráticamente elegidos por la ciudadanía. Hasta hace unos días, la cifra de muertos víctimas de la represión se acercaba ya al millar, aunque todos sabemos que en estos casos siempre hay una considerable distancia entre las cifras oficiales y las reales. Sin embargo, parece que estas personas muertas importan poco: no merecen abrir los informativos, ni que se hable de ellos un tiempo proporcionado a su dolor, ni que en los acalorados discursos políticos se les mencione, ni que los opinólogos reincidentes les presten atención. Una cola en la puerta de un supermercado de Caracas reclama más atención que un charco de sangre humana en la avenida Maha Bandula de Yangon. Nada es bueno, pero algo es peor.

No es la primera vez. Ni mucho menos. Suele pasar lo mismo, por ejemplo, con los atentados o genocidios que casi a diario se producen en África o con las muertes que tienen lugar en los regímenes totalitarios del mundo árabe, con los incendios en los campos de refugiados y con la gente que muere intentando cruzar una frontera. Como mucho, flor de un día, volátil titular. Las guerras civiles africanas o la miseria de las favelas parece que no son cosa nuestra. La vida vale distinto según quién la pierde o dependiendo del lugar donde es arrebatada.

En este caso, pareciera que estos birmanos y birmanas que mueren todos los días en las calles no fueran seres humanos víctimas de la violencia o la atrocidad. Birmania está -dice Google- a 9.215 km. de distancia de España y en el pasado, como territorio colonial, estuvo bajo el control de Gran Bretaña. Pero sospecho que el desinterés hacia lo que allí ocurre y la escasa penetración que sus problemas tienen en nuestras vidas no son cuestión ni de la distancia ni de la historia. Tengo para mí que hay algo racial en el trasfondo, desprecios culturales subyacentes, intereses geopolíticos nacidos de quién se alinea con quién y, quizás, esa especie de oscura convicción de que los militares sanguinarios están destrozando la democracia, pero dejando impolutos los esquemas funcionales del capitalismo que tanta tranquilidad, en el fondo, proporcionan a occidente. Más allá de algunas declaraciones, de reconocimientos retóricos y alusiones protocolarias, nadie, en realidad, toma medidas drásticas ni se acuerda de los birmanos anónimos que mueren en las calles.

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