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Banderas

La fuerza verdadera de la bandera es servir de punto de unión en la pluralidad dentro del marco constitucional

No resulta un asunto fácil argumentar sobre la bandera en España, tierra mucho más preparada para los banderazos de unos y otros, en todo caso. Posiblemente, parte de culpa la tengan los que hacen uso y abuso de ella en tanto chat patriotero, metiendo en sus estrechas entendederas todo lo grande de su significado, pero dónde me dejan los prejuicios de esa izquierda iconoclasta y perdonavidas que tuerce el gesto nada más verla ondeando el viento. Hace tiempo que pasó de moda el desdén con el que era tratada por cierta intelectualidad progre, siendo quizá sus versos más rotundos los que cantaba Drexler: "La guerra es muy mala escuela/no importa el disfraz que viste/perdonen que no me aliste/bajo ninguna bandera/Vale más cualquier quimera/que un trozo triste de tela."

Sin embargo, encuentro que sigue habiendo motivos ciertos para celebrarla, siempre sobre el sustento de la justicia, la unión, la ley y la memoria compartida, como expresaba el jefe de la Fuerza Terrestre el otro domingo en la Plaza de España, convertida en parada militar por un día, con sus militares de bonito, su tercio de la Legión, sus paracaidistas, su canto a los caídos o sus salvas al final. Hablan de la Iglesia de Roma, pero y lo bien que organiza sus actos el Ejército, con una puntualidad y un ritmo en el transcurrir de los diferentes hitos hasta terminar desfilando la tropa para perderse en el verde del Parque hasta el cuartel de Ingenieros, cogido perfecto el paso al son de las agradecidas marchas militares (algún día, por cierto, habría que poner en su justo sitio la aportación de tantos maestros músicos militares a la música procesional andaluza).

Es loable el esfuerzo que viene haciéndose desde Capitanía por visibilizar los valores del Ejército, donde estas juras multitudinarias sirven a los más como primer contacto con lo militar y a algunos como recuerdo de aquella vez en Camposoto perdida en la maleza del tiempo. Y había, lo ví, señoras de mantilla, chaquetas y gomina, y hasta alguna modelo famosa, no digo que no. Pero también abueletes con sus nietos, señoras en carrito, chavales con piercings, dignos representantes todos ellos del pueblo más llano. Porque esa es la fuerza verdadera de la bandera: servir de punto de unión en la pluralidad dentro del marco constitucional establecido. Para otras cosas, ya están los oportunistas del norte prestos de nuevo para dar la tabarra.

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