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Banda de jaquecas y tambores

Cada penitente lleva su propia procesión por dentro, y quién sabe lo que estará pasando por su cabeza.

Todos los años salgo con mi Hermandad desde hace más de cuarenta y luego lo cuento aquí desde hace quince. El día siempre es el mismo, Domingo de Ramos; el recorrido, prácticamente; la hora, igual; mi puesto en la procesión, más o menos; y cada vez ha resultado absolutamente distinto. Era cuestión de tiempo y estadística que un día me diese un mal. Ha sido este año. De golpe, entre el levante furioso, el vino de la noche anterior para celebrar, oh, la llegada de mi familia política a casa, las gafas que se me llenaban de vaho bajo el velillo, la visión borrosa cuando me las quitaba..., me entró una cefalea tremenda. Tan grande que merecía ser llamada "hemicránea".

Con nostalgia recordaba que otros años había disfrutado del vuelo de las golondrinas (cruces de Santiago en el campo del cielo), o de las jugosas conversaciones de la calle, o de la alta y ancha teología del barroco... Este año apenas si me daba para lamentarme de que mi familia no escogiera para tradición propia una hermandad de silencio. Jamás he tenido la banda de cornetas y tambores -con todos sus avíos y falsetes- tan dentro del cerebro. Veía, a través del vaho o de la miopía, el mango del bombo elevándose, elevándose, elevándose, y cayendo a plomo sobre el parche batidor. La membrana de piel del instrumento era la de mi materia gris.

Miré a la luna buscando consuelo, pues nunca me ha fallado, y vi lo que necesitaba: una aspirina perfecta. Las estrellitas eran las burbujas de su efervescencia refrescante. Viéndola tan blanca y sanadora, sentí cierto alivio: técnicamente, una sugestión medicamentosa. Y una prescripción. De modo que me puse a buscar una farmacia de guardia. Recordé que, en mi adolescencia, atisbaba entre el público por si aparecía alguna de mis amigas. Lo que es la edad: ahora mi esperanza no oteaba más que una farmacia. Como a todo esto quería seguir rezando, me sirvió mucho que el símbolo de la farmacia sea una cruz. Al menos, la migraña no había conseguido emigrarme del todo del universo iconográfico de la Semana Santa.

Di con la farmacia. Di con la pastilla. Di con cierta mejoría. La justa para poder salir de mi dolorido inmanentismo y pensar, mientras iba remontando la calle hasta mi puesto, cruzando entre los otros hermanos, en la procesión que llevaría cada cual por dentro. Como no son columnistas, quedará entre ellos y nuestro Cristo, que es donde mejor están estas cosas.

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