Relatos de Verano

¿Quién eres tú?

El verano es mucho más que una estación. Es un estado, el momento donde las tareas cotidianas dejan paso a otras. También es época de obras, limpiezas y mudanzas. En ellas, al remover trastos y papeles, también removemos el pasado íntimo y, con él, la memoria olvidada de un tiempo y un país. Una tarde de agosto, una mujer se reencuentra con el recuerdo de su pueblo, uno de los tantos que en España fueron sumergidos bajo las aguas de embalses. Una tarde de agosto, una mujer se reencuentra con la niña que fue. Literalmente. ¿Se reconocieron niña y mujer? Pasen y lean.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

Era su enésima mudanza y no estaba dispuesta a volver a cargar otra vez con tanto trasto. Esta vez iba a hacer las cosas bien. Fuera nostalgias: empezaría por tirar lo inservible, lo que apenas usaba, todo lo acumulado y acarreado de ciudad en ciudad, de casa a casa para, ahora sí, partir a lo Machado, "ligero de equipaje, -evocó- casi desnudo, como los hijos de la mar".

Los armarios y anaqueles no se limpian, se expían. Desalojar años de papeles y cacharros le provocaba un desasosiego sin nombre. No iba del todo mal en el donoso escrutinio de sus fotos, diarios y agendas cuando lo encontró: un papelito de propaganda amarilleado por los años, "LIBRERÍA PAPELERÍA LUR, FOTOCOPIAS A PESETA". En el reverso de la hoja, primorosamente anotado de su puño y letra, venía su nombre y, más abajo, el número de teléfono de la casa vieja. Sin prefijo, para qué. Reconoció su caligrafía de entonces, tan distinta y legible, más redonda, menos apresurada, la ele perfecta, el rabo de la jota, el punto de la i engrosado hasta ser círculo. "Yo es otro", se dijo a sí misma, metiendo a Rimbaud en todo esto. Habían pasado por ella muchos años, muchas letras. Quiso sonreír, pero no pudo. A veces cuesta.

La casa vieja. La esquina de la casa vieja. La calle que hacía esquina con la calle de la casa vieja. La ventana de la casa de enfrente, en la calle que hacía esquina con la calle de la casa vieja. La tía Bernarda tomando el fresco en la ventana de la casa de enfrente, en la calle que hacía esquina con la calle de la casa vieja. El abuelo que sale del zaguán y dice "¡con Dios!" a la tía Bernarda que toma el fresco en la ventana de la casa de enfrente, en la calle que hacía esquina con la calle de la casa vieja. Ella misma a los ocho años, que se cree muy mayor porque sube sola a la azotea, mira al abuelo salir del zaguán y decirle "¡con Dios!" a la tía Bernarda, que toma el fresco en la ventana de la casa de enfrente, en la calle que hacía esquina con la calle suya de su casa vieja. "Todo ha sido nada", recordó el poema de José Hierro. A qué esta manía suya -se reprocha siempre- de clavarse en la memoria y los ijares tantos versos.

La casa vieja en el pueblo viejo de la vieja niña. Todo ha quedado sepultado por los años, por el silencio, y por las aguas. Un embalse, el de Muzarinos, la expulsó a patadas de la infancia. Que si el ministro ha dicho que se va a terminar de levantar la presa es que se va a terminar de levantar. Que si el Progreso tiene que pasar por encima del pueblo pues que pase. Que si a esos cuatro paletos hay que echarlos de su casa pues se les echa. Que por las buenas o por las malas. Con palabras más finas, pero eso fue lo que dijeron. Eso fue lo que hicieron. Allí y en cientos y cientos de pueblos, que yacen sumergidos, espectrales, a lo largo y ancho de España.

Fueron muchas las gentes que en Muzarinos de la Ribera opusieron resistencia a que demolieran y hundieran el pueblo bajo las aguas del río Lur. Hubo enfrentamientos entre los vecinos y la Guardia Civil. Su abuelo dijo que de la aldea no se iba y allí lo enterraron. Se quitó la vida de un tiro de postas. Corría el año 1987 y ella acababa de cumplir los ocho años. Poco después ayudó a su madre a echar la vida entera en cuatro maletas. Salieron de allí para siempre -no se le olvidará- el día de la lotería de Navidad. Aquello -piensa a veces- marcó su suerte. Ésa sería la primera de las muchas casas que dejó atrás. Tal vez también el inicio de esa sensación de no haber vuelto a encontrar jamás un techo bajo el que sentirse en paz. Para ella, toda tierra es movediza.

Pasó el dedo por el número de teléfono y su nombre. Los años no habían borrado la presión en el trazo, el boli apretado como un buril contra la página. En esta ocasión logró sonreír. Acababa de recordarlo todo perfectamente: lo había apuntado para Guillermo, aquel niño de la capital que pasaba el verano en el pueblo, -"Guillermo, qué nombre más chulo", le pareció entonces- para dárselo la última noche que se vieron. Por si la quería llamar algún día cuando llegara el invierno, o algo. No tuvo valor de entregarle el papelito. Tampoco sucedió el beso inolvidable que tanto había ensayado con la almohada.

"Éramos mientras tanto/ la dicha de la casa", trajo ahora a la memoria unos versos de Aníbal Nuñez. Volvió a sonreír. De pronto, sin pensárselo dos veces, tomó el móvil y marcó, ahora con prefijo, el número de la casa vieja, aquel número que nunca había olvidado. Absurdamente, pero lo marcó. Total para qué -casi razonó-, si aquella línea hacía décadas que no existía, si al otro lado iba a salir la locución metálica que informa: "El número que usted ha marcado no corresponde a ningún cliente".

Se sorprendió al escuchar que la conexión daba señal. Aguardó, dos tonos, tres, cuatro…

-¿Dígame? -dijo alguien al otro lado de la línea, y el acento le resultó profundamente propio. Era la voz de una niña. Como de unos ocho años.

-¿Hola, hola?, ¿hay alguien ahí? -insistió aquella voz infantil. De pronto sintió frío, mucho frío. Un frío color morado.

-¿Quién eres? -le preguntó la niña.

No pudo ni supo responder.

(En memoria, contra el olvido, de todos los pueblos de España sepultados bajo el agua en nombre del Progreso.)

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