Blanca Fernández Ochoa alcanzó gran notoriedad al ser la primera (y hasta ahora la única) mujer española en ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Invierno. Difuminada en el natural olvido que propicia el paso del tiempo, la ex esquiadora llevaba una existencia alejada de los focos que previsiblemente solo debería alterarse el día en que su muerte (natural) sirviese de excusa para elogiar su carrera deportiva y -como cualquier muerto- lo buena persona que era. Sin embargo, la propia Blanca ha trastocado su biografía al decidir primero perderse y después (presuntamente) quitarse la vida. Desde el mismo momento en que la policía alertó de su desaparición se produjo un enorme despliegue informativo equiparable al del pequeño que cayó a un pozo en Málaga o al de aquel otro niño que fue asesinado por su madrastra en Almería (caso del que estos días se nos está ofreciendo una especie de "bonus track" con la retransmisión en directo del juicio a la asesina confesa). Resulta evidente el gusto del ser humano por lo morboso. La atracción por lo cruel y desagradable suele captar casi magnéticamente la atención del público y si ya de habitual sacian sus ansias de tragedias a través de la ficción de películas, culebrones o videojuegos, ¿cómo no dejarse seducir por la autenticidad de una desgracia real? Conocedores de la naturaleza humana, los medios informativos se vuelcan en la cobertura de estos infortunados episodios a sabiendas de los sustanciosos beneficios que pueden proporcionarles. En los años 50 ya existía un semanario de sucesos llamado "El Caso" (conocido popularmente como "el periódico de las porteras") que con un estilo narrativo más novelesco que periodístico daba cuenta a sus numerosos lectores de un crimen a la semana (la censura no les permitía más). Su éxito se prolongó hasta la aparición de la televisión con cuya inmediatez no pudo competir. El nuevo formato catódico alcanzó su mayoría de edad (criminalmente hablando) con la cobertura de los asesinatos de las niñas de Alcacer, todo un "master" en cuanto a las libertades que se tomaron los periodistas a la hora de hurgar en los sentimientos de los familiares de las víctimas con el único fin de complacer la malsana curiosidad de la audiencia. Al conocerse la desaparición de Blanca los reporteros se han lanzado como lobos a diseccionar su vida: relaciones amorosas, finanzas, enfermedades, filias, fobias… todo ha sido puesto patas arriba hasta que se ha encontrado su cuerpo sin vida; entonces se ha dado pábulo a toda suerte de explicaciones sobre su fallecimiento llegándose a recurrir en alguna tertulia a la entomología forense (con una detallada mención de los diferentes artrópodos que intervienen en el proceso) para aventurar la data de la muerte. Nada más apropiado para definir este tipo de periodismo: pura fauna cadavérica.

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