Tierra de palabras

Andrés

Andrés del Castillo eraun ser comprometidocon su hondo sentir.Lo delataba su sonrisa

Hay días en los que la tristeza se instala para quedarse a habitar lo que, pasado el tiempo, pudiese llegar a convertirse en la nada y sus olvidos. Aunque eso sería un simple espejismo porque detrás, si adquieres alta visión, descubres que hay un inmarcesible aliento. Ya lo decía mi amado poeta: "Qué frío el dibujar la línea errante del poema y sus palabras/ para combatir el tiempo,/ qué terquedad por el anuncio de toda la belleza,/qué transcurrir vacío del ser./ Si a una idea sucediera otra, y a esta un silencio,/ quizá ese tiempo quedara suspendido,/ tal vez lograra cerrar una elipse, al menos triste./ Pero ha de surgir el grito y he de reconocerlo/ para que la vida no se retire a su aposento oscuro/ donde solo habitan la nada y sus olvidos".

Porque un vivir tan liviano y coherente nunca podrá habitar en la nada y sus olvidos. Porque es ahora cuando ha de surgir el grito en nuestras gargantas y cada uno, desde su pacífica trinchera, deberá defender por lo que lucha. Esa fue su enseñanza, esa que predicó de maravilla sin él siquiera pretenderlo, desde los hechos, que es como se imparten las auténticas enseñanzas; la palabrería barata dejó hace mucho tiempo ya de sorprenderme.

Andrés del Castillo era un ser comprometido con su hondo sentir, lo delataba su sonrisa que todas las informaciones que han recogido la noticia de tan gran pérdida han destacado: "la eterna sonrisa de la izquierda". Una sonrisa y una vida dedicada en plenitud a la clase obrera y a la lucha por los más desfavorecidos. Lo recuerdo recibiéndome cada año que participé en los homenajes que su corporación realizaba en la plazoleta de San Isidro como pistoletazo de salida al curso político. Siempre cercano y amable, tejiendo detrás de bambalinas los hilos para que se sostuviese toda la estructura social en la que él creía, enhebrando prósperos deseos por el pequeño ojo de la utopía.

Quien menos ruido hace en la vida más huella deja. Y la ausencia de ruido es directamente proporcional al convencimiento absoluto de saber lo que uno vino a hacer a este planeta. Andrés es un buen ejemplo de ello. Todas sus hondas huellas las encontraremos en sus enseñanzas, en la senda transitadas de actos donde quedaron fosilizadas esas huellas. No en volátiles discursos, ni en confusiones dialécticas, ni en promesas raramente cumplidas… No, ahí no encontraremos el recuerdo de su sonrisa.

Ojalá algún día consigamos estar a tu altura.

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