Campo chico

Alberto Pérez de Vargas

Algeciras mon amour

Ese edificio que da cara a la Plaza Alta, marca una inflexión en el rostro de la ciudad

El oscuro edificio de la Plaza Alta. El oscuro edificio de la Plaza Alta.

El oscuro edificio de la Plaza Alta. / E.S.

A unos metros de donde reside inmutable la Virgen de La Palma, figuración localizada, advocación en fin, de María Santísima, un comercio ha decorado su fachada con un negro zaíno (sahim, en andalusí) y chillón que, como los chirimbolos de la Capilla de Europa, deja estupefacto al viandante. Lo primero que uno se pregunta al verlo, es por la comunidad de vecinos: ¿cómo ha podido permitir semejante despropósito? Y estando tan cerca la alcaldesa perpetua ¿no habrá algún regidor que se haya percatado de este siniestro atentado al corazón de Algeciras? El pecado es grave, lo es por su chocante presencia y lo es por estar en los bajos de un edificio que es histórico por dos razones: histórico por el solar en el que está e histórico por ser una referencia del antes y después del diseño de los edificios del centro, terriblemente castigado por la dejación de ediles, promotores, arquitectos y responsable municipales de urbanismo en una etapa que a lo largo de dos décadas ha determinado el rostro de Algeciras. Entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo, el censo de la ciudad aumentó casi un 65%, según cifras oficiales, y en 1950 había rebasado en mil quinientos habitantes al doble de lo que contaba en 1940.

El crecimiento fue caótico. Próceres y altos titulados del diseño y la edificación convirtieron en quince o veinte años a la ciudad en un totum revolutum sin orden ni concierto, sin el menor sentido estético y sin el más mínimo análisis prospectivo; eso sí, hicieron ricos a una legión de allegados y propios, a los que la ciudad les importaba lo justo para sacar de ella beneficios, no pocas veces multimillonarios, a toda costa. Los destrozos irreparables abundaron por doquier y la Providencia tuvo que ponerse al tajo, para evitar que edificios como el de la esquina de la calle Ancha con el Calvario, o la mismísima Capilla de Europa, cayeran rendidos ante la piqueta, la ignorancia y la brutalidad. No tuvo la misma suerte, en el número 10 de la calle Convento, la popularmente llamada “casa de los muñecos”, primer emplazamiento del Casino de Algeciras (1869), un bellísimo edificio que desde la Alcaldía daba la vuelta a San Antonio; enfrente a donde estuvo el convento; unos cuantos años atrás también destruido, no obstante estar su existencia íntimamente ligada a la de la ciudad. Haro y Godino han escrito un documentado libro sobre el convento, cuya espadaña girada destaca en las fotos antiguas del centro de Algeciras.

Pena, penita da ver ahora ese brochazo de oscuridad frente al quiosco de Rosa

Parece natural y es deseable, que el Consistorio cuide esos aspectos que hacen que la ciudad sea habitable. La política de lavarle la cara por donde hay más concurrencia no debería constituirse en todo lo que hay que hacer por los vecinos y visitantes. Las barriadas son los lugares en donde se comprueba el buen funcionamiento de una corporación. Y también en el cuidado de las tradiciones y en el respeto a los nombres de los lugares con los que están familiarizados sus pobladores. Ese edificio que da cara a la Plaza Alta, de una manzana de hondo significado histórico, entre el callejón del Santísimo, el de la calle Rocha (ahora llamado del General Primo de Rivera, jerezano de ascendencia algecireña por vía paterna) y Muñoz Cobos, marcó una inflexión en el rostro de la ciudad. Su construcción fue una iniciativa de Radio Algeciras S.A. −propietaria de las emisoras de Algeciras, Melilla y Ceuta− que se propuso construir en esas tres ciudades, edificios de viviendas y locales comerciales que ubicaran las instalaciones de las respectivas emisoras. En 1972, se compró el viejo edificio sin uso en cuyo lugar se construiría el actual número 10 de la Plaza Alta. Un primer acuerdo de la sociedad, formada por la SER y la familia Liñana-Díez de Oñate, fue que ni el arquitecto ni la constructora tuvieran nada que ver con lo construido en los años precedentes en Algeciras. Se fueron a Madrid y para la ejecución del proyecto del arquitecto Diego del Corral y Jordán de Urríes, fue designado el empresario por él recomendado, Félix Moreno, un hombre excepcional de cuya amistad tuve el privilegio de disfrutar, que ya para siempre se afincó en Algeciras.

Al arquitecto se le invitó a visitar la ciudad para enseñarle qué era lo que no se quería que hiciera. Una práctica aconsejable para los estudiantes de las escuelas de arquitectura andaluzas, a los que se les podría mostrar no sólo el impresionante mercado de abastos sino una rica variedad de ejemplos de lo que jamás debiera hacer un arquitecto. Situándose en el centro de la plaza, testigos presenciales me han contado que dijo algo así como “lo tengo claro”. En 1976, Radio Algeciras se instaló en esa casa de la Plaza Alta y desde entonces las construcciones del centro en Algeciras han tomado un rumbo diferente. Tengo entendido que el constructor del gran edificio del flanco Este de la plaza, Álvaro Arias, hizo cambiar a su arquitecto la fachada, a raíz de contemplar cómo había quedado la del de Radio Algeciras. Pena, penita da ver ahora ese brochazo de oscuridad frente al quiosco de Rosa. Los viandantes seguramente se volverán hacia ella buscando encontrar alguna compensación al desagradable efecto visual que supone encontrarse con la negrura zaína de esa esquina.

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