Verbos transitivos

Algeciras, ciudad abierta

Pocos pueden documentar un entronque ancestral en los árboles genealógicos locales

De vez en vez aflora entre las pulsiones el título de una película neorrealista de Roberto Rosellini donde se recreaban los difíciles meses de una Roma que se catalogó como cittá aperta para evitar bombardeos aliados cuando Alemania la daba ya por perdida. A pesar de los diferentes contextos, Algeciras podría considerarse como otra ciudad abierta.

A lo largo de la historia ha sufrido amenazas y destrucciones y en más de una ocasión se ha dado por perdida; sin embargo, no se puede negar su persistente vitalidad de superviviente. Puede que esta fuerza le venga de su carácter abierto, mestizo, plural, para nada endogámico. Aquí han venido a desarrollar sus vidas individuos de dispares procedencias atraídos por un lugar que ha tenido mucho de tierra de promisión; un espacio donde no se ha preguntado por la pertenencia a clan ni procedencia alguna y donde se ha valorado a los recién llegados por sus méritos, lo cual no es cuestión en absoluto baladí. Sin estructuras herméticamente cerradas ni poderosos grupos excluyentes, es una urbe acostumbrada a renovarse con nuevas aportaciones que igual no han contribuido a mantener remotas tradiciones pero que le han permitido mirar al futuro con el desenfado que otorgan los someros arraigos. Pocos algecireños pueden documentar un entronque ancestral en los árboles genealógicos locales. Por vía materna, mis hijos se podrían considerar como algecireños de quinta generación, hecho este nada desdeñable, pero del que nunca han realizado ostentación alguna. Por mi parte, soy hijo de emigrantes que llegaron aquí en los años en que la posguerra aún marcaba con invisibles estigmas de penurias y renuncias. Como muchos otros levantinos, arribaron a las costas de la bahía a principios de los años cincuenta con un escueto equipaje donde no faltaba la cartilla de racionamiento. Encontraron en la ciudad a parientes y a un conjunto de paisanos que había acudido aquí al reclamo de las entonces pujantes tareas pesqueras. Fueron años de trabajo duro, pero de posibilidades. Muchos oriundos de La Vila, Denia, Benidorm o El Campello buscaban dónde ganarse la vida y apellidos de Levante como Grau, Lloret, Galiana, Esquerdo, Berenguer, Soriano, Ribes, Sellés, Martí o Buforn recalaron por estos pagos: unos se asentaron en los alrededores de la Marina y otros por toda la geografía urbana de una Algeciras que acababa por el sur en el barrio de Pescadores y por el norte en el del Arroz. En muchas casas se hablaba valenciano, se comía sangacho, mojama, pebreretes, cocas rellenas, alcachofas al horno, y cada domingo, la ritual paella. Aquellas familias acabaron integrándose y los apellidos formaron parte del nomenclátor de una ciudad que nunca les preguntó de dónde eran. Sus hijos fueron perdiendo los levantinos acentos y muchos acabaron casándose con ciudadanos de cuarta generación forjando el carácter exogámico de una ciudad que ha tenido en la apertura su fortaleza.

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