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Hay dos ejemplos de biopic en este 2018, aunque uno de ellos haya podido disfrutarse en las salas nada más empezar el año, que marcan la diferencia entre lo bueno y lo regular. En estos dos ejemplos uno contempla el trabajo bien hecho, estructurado, planeado y equilibrado entre el equipo de caracterización y una buena actuación por parte del protagonista. Así como a Rami Malek le basta una simple prótesis dental para imitar la enorme boca del cantante de Queen para bordar una interpretación, acento, gestos, manías, etcétera, a Toni Servillo (La Gran Belleza, Il Divo y ahora Silvio y los otros) le sobra maquillaje y le falta peso actoral. El reciente ganador de un Globo de Oro y firme candidato al Oscar a mejor actor, es el eje central y absoluto de la historia de la banda musical narrada en Bohemian Rapsody. Sin embargo, Servillo, actor fetiche del director italiano Paolo Sorrentino, se queda a medias. Una especie de equilibrio ridículo entre un tipo chirigotero de Carnaval, hay quien dice que le recuerda a agrupaciones como Esta comparsa cae bien o a Los clásicos del teatro, y una caracterización televisiva de Tu cara me suena, como bien dice Carlos Colón.

Y es que después de ver la Gran Belleza o La Juventud uno sale del cine muy decepcionado. Ni una espectacular fotografía (a la que nos tiene mal acostumbrados Sorrentino) ni un guion ordenado, ni una buena interpretación por parte del que encarnó al tan conseguido Jep Gambardella, con ciertas similitudes al ex presidente italiano. Nada salvo tetas, tetas y más tetas de mujeres impresionantes.

Cierto es que el personaje de Silvio Berlusconi invitaba a eso, precisamente. A buscar el morbo del escarceo amoroso, al relato de su vida pendenciera llena de escándalos, amantes, prostitutas y menores de edad hospedadas en villas italianas, pero harta. Poco se vislumbra en la película del día a día en otros aspectos de su vida, los negocios turbulentos y su ascenso al poder a través de los medios de comunicación que él mismo controlaba, la política y su proceder al margen de la ley al más puro estilo napolitano y, aunque está, como parte de la historia, queda enmascarado por turgentes bustos y cuerpos espectaculares que nada aportan al enrejado de la trama, salvo histrionismo.

No impresiona Sorrentino más que por el diálogo final con su mujer, Verónica, donde el político queda al desnudo. Ahí es cuando se ve todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será y esto no es ningún secreto ni un spoiler: un farsante. En una película que parece estar dividida en dos partes y es ese diálogo el que marca el punto de inflexión. Ahí, justo ahí, es donde se ve el sello de la casa, aquel que conseguía que la sala estuviera llena a eso de las doce de la noche. Una pena que solo disfrutáramos del verdadero Sorrentino los últimos veinte minutos de película.

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